El día después
Ha sido una noche larga en la que me he descubierto llena de achaques prematuros, y es que mi cuerpo parece haber sucumbido a los excesos. No, si ya lo decía yo, que lo mío no era el trabajo. Con las uñas machacadas, los callos incipientes, las rozaduras camino de convertirse en llagas, los moratones tamaño familiar, los dedos de gárgola, las muñecas abiertas, los labios cortados, una especie de sarpullido en el cuello consecuencia del tan temido nylon y una oculta alergia recién descubierta, digo adiós a la manicura francesa, los zapatos de tacón, las falditas insinuantes, los vestidos provocativos... en fin, adiós a mi ya de por sí escasa vida social. Y es que, me veo a un paso de la mutación genética, con espaldas de nadador, brazos de culturista y callos de cavador de zanjas, una especie de chiwaka sin pelo, ¿puede haber algo peor? Sí, pensar que tengo que volver dentro de cinco días, que ya se me hacen cortos a pesar de estar todavía a lunes. Vaya con el trabajito de ensueño.
Suena el teléfono en esta desesperación mental. Igual me despiden, retumba en mi cabeza la feliz idea. << ¿Vera?, >> y sólo escuchar su voz la ilusión desaparece de un plumazo. Mi hermano acaba de destruir cualquier ápice de alucinación curativa, sólo me queda engancharme al Reflex. Me pregunta qué hago, y a mí me falta tiempo para ponerle al corriente. <<>> termino diciendo, y me seco el sudor ficticio rememorando lo que ya parece una mala experiencia puntual. << ¡¿Que trabajas de barreta?! >> y la carcajada me hace sentirme estúpida. Pues no creía yo que fuese a ser divertido. <<>> expresión clásica de mi hermano en una primera fase de incredulidad. Lo confirmo. Vuelve a reír. <<>> comento molesta, a punto de colgar. Y pasa entonces a hablarme de lo que me espera; agujetas, contracturas, luxaciones, sin olvidar los resfriados, gripes, golpes de calor y demás circunstancias consecuencias del trabajo al aire libre. Un día en el campo. Respondo a voces, que ya podía haberme avisado antes, y acto seguido, transmito mi romántica idea del barrendero feliz, a lo que por supuesto, responde con otra sonora carcajada. <<>> y se despide así, ni que me fuera a la guerra.
Me recuesto en la cama haciendo balance de mis comienzos y el teléfono suena de nuevo. Qué rápido ha corrido la noticia, y pienso en mi abuela, mis tíos, mi entorno, habituados a mi profunda aversión a los esfuerzos inútiles. Me vuelvo a equivocar, definitivamente, hoy no es mi día. Es el capataz, ese distante hombre de azul. Me pongo incluso nerviosa, ¿¡qué más quiere de mí!?, y dispuesta estoy a concederle cualquier petición por absurda que sea, sangre del tipo B, un riñón ¿¡qué!? Al final, me ofrece hacer un extra, que no sé lo que es pero me suena a sobreesfuerzo. Mi cuerpo no me responde, y mi mente hace horas que está bloqueada, solidaridad con el resto de los músculos. <<>> repito yo. <<>> afirma con contundencia, <<>>. Reflexiono. Para mí que este tío piensa que soy algo cortita. <<>> y con esto confirmo el dato. <<>> dice él con toda la claridad que puede permitirse. Definitivamente, cree que soy idiota. Hago mis cuentas con rapidez. Libraba cinco días, me llevo uno, ya sólo libro cuatro, y después del martes, sólo me quedan tres. <<>> concluyo abiertamente, y él me cuelga sin dedicarme siquiera una palabra de aliento. Ya es oficial, soy idiota.
Analizo mi situación, o más bien, mi estado, tras decisión tan controvertida. No puedo levantar los brazos, mis articulaciones chirrían, ¿tendré alguna pieza de metal?, estoy a un paso de quedarme tiesa de un lumbago y la ciática está en su pleno apogeo. El dolor es algo psicológico, me repito, y miro la caja de ibuprofeno con ojos de deseo. Vuelvo a hacer mis cuentas, todo un clásico en lo que será mi rutina a partir de ahora. Una cada ocho horas, y pienso, igual con una dosis doble... descartado, me duelen hasta las pestañas, necesitaré drogas más duras. ¿Quién me manda a mí aceptar proposiciones de este tipo?
Me levanto de la cama, se acabó el descanso, y me dirijo inconsciente al cajón de las medicinas, ése lleno de pastillas caducadas. Aspirinas, demasiado flojas; antigripales, de momento no; pastillas efervescentes, y éstas ¿para qué serán? Por fin encuentro algo útil, un par de cajas de antiinflamatorios, unos cuantos relajantes musculares, un par de tubos de crema para la circulación. Creo que estoy servida. Cojo el alijo y selecciono, un relajante muscular y un tubo de crema con el que me embadurno todo el cuerpo. No está mal para empezar. Leo el prospecto de las pastillas, que también podía haberlo hecho antes, nada, no hay peligro siempre y cuando no sea conductor de maquinaria pesada. Dudo por un momento. ¿Estaré dentro de esta categoría? Es igual. Puede producir somnolencia, esto sí que puede convertirse en un problema, a ver quién se levanta a las cinco con semejante sobredosis de sopor. Todo sea por poder moverme mañana.
Caigo rendida, efecto colateral del trabajo. <<>> me repito, mientras cedo al sueño, <<>> Y acabo durmiéndome con la tentadora idea de la insensibilidad rondando por mi cabeza.
Suena el teléfono en esta desesperación mental. Igual me despiden, retumba en mi cabeza la feliz idea. << ¿Vera?, >> y sólo escuchar su voz la ilusión desaparece de un plumazo. Mi hermano acaba de destruir cualquier ápice de alucinación curativa, sólo me queda engancharme al Reflex. Me pregunta qué hago, y a mí me falta tiempo para ponerle al corriente. <<>> termino diciendo, y me seco el sudor ficticio rememorando lo que ya parece una mala experiencia puntual. << ¡¿Que trabajas de barreta?! >> y la carcajada me hace sentirme estúpida. Pues no creía yo que fuese a ser divertido. <<>> expresión clásica de mi hermano en una primera fase de incredulidad. Lo confirmo. Vuelve a reír. <<>> comento molesta, a punto de colgar. Y pasa entonces a hablarme de lo que me espera; agujetas, contracturas, luxaciones, sin olvidar los resfriados, gripes, golpes de calor y demás circunstancias consecuencias del trabajo al aire libre. Un día en el campo. Respondo a voces, que ya podía haberme avisado antes, y acto seguido, transmito mi romántica idea del barrendero feliz, a lo que por supuesto, responde con otra sonora carcajada. <<>> y se despide así, ni que me fuera a la guerra.
Me recuesto en la cama haciendo balance de mis comienzos y el teléfono suena de nuevo. Qué rápido ha corrido la noticia, y pienso en mi abuela, mis tíos, mi entorno, habituados a mi profunda aversión a los esfuerzos inútiles. Me vuelvo a equivocar, definitivamente, hoy no es mi día. Es el capataz, ese distante hombre de azul. Me pongo incluso nerviosa, ¿¡qué más quiere de mí!?, y dispuesta estoy a concederle cualquier petición por absurda que sea, sangre del tipo B, un riñón ¿¡qué!? Al final, me ofrece hacer un extra, que no sé lo que es pero me suena a sobreesfuerzo. Mi cuerpo no me responde, y mi mente hace horas que está bloqueada, solidaridad con el resto de los músculos. <<>> repito yo. <<>> afirma con contundencia, <<>>. Reflexiono. Para mí que este tío piensa que soy algo cortita. <<>> y con esto confirmo el dato. <<>> dice él con toda la claridad que puede permitirse. Definitivamente, cree que soy idiota. Hago mis cuentas con rapidez. Libraba cinco días, me llevo uno, ya sólo libro cuatro, y después del martes, sólo me quedan tres. <<>> concluyo abiertamente, y él me cuelga sin dedicarme siquiera una palabra de aliento. Ya es oficial, soy idiota.
Analizo mi situación, o más bien, mi estado, tras decisión tan controvertida. No puedo levantar los brazos, mis articulaciones chirrían, ¿tendré alguna pieza de metal?, estoy a un paso de quedarme tiesa de un lumbago y la ciática está en su pleno apogeo. El dolor es algo psicológico, me repito, y miro la caja de ibuprofeno con ojos de deseo. Vuelvo a hacer mis cuentas, todo un clásico en lo que será mi rutina a partir de ahora. Una cada ocho horas, y pienso, igual con una dosis doble... descartado, me duelen hasta las pestañas, necesitaré drogas más duras. ¿Quién me manda a mí aceptar proposiciones de este tipo?
Me levanto de la cama, se acabó el descanso, y me dirijo inconsciente al cajón de las medicinas, ése lleno de pastillas caducadas. Aspirinas, demasiado flojas; antigripales, de momento no; pastillas efervescentes, y éstas ¿para qué serán? Por fin encuentro algo útil, un par de cajas de antiinflamatorios, unos cuantos relajantes musculares, un par de tubos de crema para la circulación. Creo que estoy servida. Cojo el alijo y selecciono, un relajante muscular y un tubo de crema con el que me embadurno todo el cuerpo. No está mal para empezar. Leo el prospecto de las pastillas, que también podía haberlo hecho antes, nada, no hay peligro siempre y cuando no sea conductor de maquinaria pesada. Dudo por un momento. ¿Estaré dentro de esta categoría? Es igual. Puede producir somnolencia, esto sí que puede convertirse en un problema, a ver quién se levanta a las cinco con semejante sobredosis de sopor. Todo sea por poder moverme mañana.
Caigo rendida, efecto colateral del trabajo. <<>> me repito, mientras cedo al sueño, <<>> Y acabo durmiéndome con la tentadora idea de la insensibilidad rondando por mi cabeza.

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