14.8.06

La Llamada

Hoy el teléfono ha sonado insultantemente temprano, las 9:00, hora intempestiva en el hogar de una parada de larga duración como yo.
“¿Vera Martín?”, ha preguntado una voz cristalina, de seguro despierta horas antes. Y yo, como no podía ser de otra forma, he confirmado el dato a lo Bonnie Tyler, por no decir el Padrino en sus horas más bajas. En fin, ¿qué esperaban?
En cualquier caso y pese a mi indiferencia inicial, trance o más directamente sueño, me han ofrecido un puesto de trabajo que, quién sabe si por torpeza u olvido, ni recordaba haber solicitado. Obviamente -recordemos que aún estaba acostada a las 9:00- he aceptado sin demorarme en cuestiones inútiles, total, para terminar aceptando...
De manera que, feliz pese al madrugón, cualquiera lo diría, me he levantado de un salto y he proclamado a los cuatro vientos, “¡voy a ser barrendera!” Así, con semejante seguridad y aplomo, como el que acaba de ganar una plaza de funcionario. Y es que, qué más se puede pedir. Me acababan de ofrecer convertirme en operaria de limpieza viaria, así como suena. Vida ésta de lo más ociosa, un paseíto mañanero, una dejada de cepillo, un échame en la bolsita ese chicle, y a alternar, parte fundamental en la rutina de un barrendero. Que si hoy charlita con el portero, que si mañana con el de los periódicos, con el tendero, con el jubilado de turno... y a final de mes, ¡a cobrar! Vamos que me había tocado el gordo.
Puesto que debía personarme lo antes posible en la oficina, me quito las legañas con un movimiento rápido de muñeca, y me visto con una informalidad buscada para la ocasión, que una no puede aparecer de cualquier forma. Un vistazo, una mueca de satisfacción, y rauda me dirijo a mi destino.
Allí, recuperada del trayecto, un metro atestado, un autobús a reventar, el suave golpeteo de las gotas de lluvia despeinándome, me digo, “¡vas a romper!” Y es en este momento que pienso en el primer sueldo, con el que me plantearé al fin la tantas veces pospuesta emancipación; la primera paga, con la que me iré de vacaciones; la segunda paga, con la que me regalaré un coche; y ya puesta, los pluses, los extras por antigüedad, los préstamos fáciles, los días de libranza, la casa en el campo, el perro, el novio encantador, los cruceros por el mediterráneo... y paro en seco cuando en respuesta a mi ánimo desenfrenado y a mi imaginación desbordante, recibo un S.D.F. Así, a bocajarro. Y es que resulta que el contrato es sólo de sábados, domingos y festivos, como refuerzo para la caída de la hoja. "Cutre forma de salir del paro", pienso yo. Un análisis rápido de la situación, una suma por aquí, muchas restas por allá y mis fantasías se vienen a bajo al momento. Adiós casa en el campo, adiós perro, adiós novio encantador, por no hablar del crucero claro. Por suerte aún me queda lo del trabajo relajado, el aire fresco de la mañana, la hora del bocata, las tertulias interminables, la ciudad a mis pies, que visto así, no hay trabajo mejor.
Distrito Salamanca, turno de mañana, escucho. Esto, igual hay a quien le suene a gran oportunidad, a más tiempo útil, libre, aprovechado o como quiera llamarse, y yo no es que esté por quejarme de cada insignificancia, pero es que este digamos, detalle sin importancia, supone levantarse a las cinco de la mañana, un fin de semana, que por mucho que insistan, muy sano, muy sano, no debe de ser. Sin embargo trato de buscar el lado positivo al asunto, a saber, increíbles amaneceres, el olor a césped salpicado de rocío, el tráfico fluido, el silencio, la paz, la soledad... ensombrecido todo ello por el interminable viaje en metro, el borracho del asiento de al lado, el frío desesperante, el incesante ruido de los coches, el olor a tubo de escape requemado, la multitud de fiesta, las sirenas, las alarmas ultrasensibles, los perros exaltados, los dueños irritables, en fin, ese tipo de detalles que hacen grande una ciudad. Pese a todo, y con mi ilusión intacta, firmo el contrato convencida de mi gran acierto.
Pronto me indican dónde dirigirme a recoger el uniforme. “¡Es verde!,” me digo al verlo, “con lo poco que me favorece el color, y amarillo reflectante, con lo que atrae a los mosquitos". Pero nada, lejos de amilanarme, tomo aire y pienso “verde evocador, verde pradera, verde ecológico, verde césped, verde primaveral... ¡verde mierda!, ningún pantalón me vale. ¿Qué clase de enano mental confecciona los trajes? El Corte Inglés”, leo en la etiqueta. Deben pensar que únicamente existen bajitos escuálidos u obesos gigantes, porque no hay manera. Ahora entiendo los problemas de Cantinflas. Bien, vuelvo a tomar aire profundamente. “Talla P y ya me las arreglaré.” Solucionado el escollo me obsequian con una camisa verde, gorra verde con visera estilo Mc. Donalds vegetariano, chaqueta verde, zapatos, toalla, pastilla de jabón... ¡Por dios!, ¿es que voy a ingresar en el ejército? Lo guardo todo en la enorme bolsa verde de basura que me acabo de agenciar y abrumada, o mejor, angustiada tras tantos presentes, vuelvo a casa.
De camino, algo más tranquila, una duda me asalta, ¿será que tenía una idea equivocada? Medito. Bah, seguro que no.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Continuarà? Me gustarìa.

10:28 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

Gracias Vera, por hacerme la vida más fácil.

5:55 p. m.  

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