El Extra
Por fin he conseguido asimilar mi estúpida predisposición y esa actitud sobradamente participativa que vengo gastando, para terminar aceptando lo ya inevitable: soy Imbécil. Paso importante éste del reconocimiento, sí, aunque a estas alturas sea de poca utilidad.
Me dirijo al cantón, ese destino fatal, voluntariamente, con la cabeza bien alta, que es lo que tienen los estúpidos, la dudosa capacidad de conferir a cualquiera de sus actos una dignidad de risa, pero sobretodo, con una fuerza impensable, y es que voy hasta las cejas de pomada calmante de rápida absorción, y el ibuprofeno, mi nuevo amigo, parece haber dado sus frutos. Llego medio drogada, con una inexplicable sonrisa y una tremenda conformidad. Lo que me faltaba, a estas alturas y me vuelvo hippie. Sonrío al capataz como si en realidad me hubiesen llamado para condecorarme, y ese pitufito, todo él de azul, ni me mira, ni me saluda, ni tan siquiera me dedica un gesto de desprecio. Cambio mi actitud, que los antiinflamatorios no son tan potentes como para frenar mi orgullo, y voy a lo mío. Unos segundos, y me transformo en vaporeta humana. <<>> pienso en un ataque de locura vengadora.
Preparados los útiles de faena, salgo no sin uno de esos graciosos mapitas que esta vez aparece numerado por orden de acción. Papá pitufo me explica, mientras yo miro atenta dando un millón de vueltas al plano para ubicarme. <<>> Elemental, sí; <<>> no hay duda, ¿es que me ve cara de idiota?... puede que sí; <<>> esto empieza a perder toda lógica. <<>> Lo miro confusa. <<>> medito, <<>> << ¿Y no hubiese sido mejor distribuirlas por colores?, >> pregunto al fin. Él queda estupefacto. <<>> Espera paciente, cosas del cargo, que algo tiene que aguantar para cobrar más que yo. <<>> dice al instante. Y de nuevo, sola, perdida, angustiada, y con una maraña de números en mi cabeza, me dirijo al centro de operaciones.
Llego en un paseíto. Allí, en la calle uno, primera según el orden normal, observo lo que me espera. El sector, calle, tramo uno, o como quiera llamarlo ha caído presa de las hojas de platanero, << ¿pero es que estos árboles no se podan?, >> digo mientras analizo la situación. Camino un poco y veo que así, en general, todo está igual. Me pongo a ello. Son las siete y media y ya sólo pienso en la hora del bocata, la ambición me ciega, qué le voy a hacer. Cepillo grande, unos giros pélvicos, un montoncito aquí, otro allá, y a recoger con el escobijo y esa pala, mancuerna, con la que voy a muscularme. Dinerito que me ahorro en gimnasios. Misma operación: montoncito, recoger, montoncito, recoger. Así media hora. Casi tengo un tramo completo de calle y me da por echar la vista atrás, pese a las contraindicaciones de mis compañeras. Justo girarme, empiezan a llover cientos de hojas hasta que, de nuevo, cubren todo a su paso. <<>> me digo, y la frustración se apodera de mí. <<>> palabras de ánimo estilo el agotado entrenador de Rocky, que hacen que acabe con ellas a la velocidad del rayo, ¡y ya ha pasado una hora! Jamás saldré de uno. Evito las miraditas de reojo a lo que voy dejando atrás, cuando llega el capataz. <<>> me dice, y me pilla con el escobijo en una mano, la pala en la otra, el cepillo entre los dientes y sosteniendo el carro con un pie para que no caiga calle abajo. Lo miro, y la ira parece crecer en mi interior. << ¿Cómo?, >> digo con las últimas fuerzas de que dispongo, y pienso en un golpe certero en la puerta, un palazo en el capó, un expediente disciplinario, el despido, y como no, el desahogo, la tranquilidad, la rabia eliminada, mi recompuesta salud mental. Céntrate. Control, control y control es lo que necesito ahora. Inspiro, expiro, inspiro... << ¡¿no ves la cantidad de hojas que hay?! >> Vaya, parece que esto ha sonado algo violento ¿no? <<>> Y con esto se va. <<>> pienso mientras lo veo desaparecer. Ejercito mi autocontrol para futuras intervenciones de este tipo, pero quién sabe por qué razón, la agresión se me hace cada vez más tentadora.
Continúo haciendo caso omiso de sus indicaciones, <<>> me digo. En esto, se me acerca una mujer camuflada en pellejos que imagino de astracán, típica indumentaria de domingo, misa y cafetito con las amiguitas súper-mega guays. Decido no juzgarla, después de todo, mi pelo es ahora una especie de estropajo informe y he empezado a sudar hasta por los párpados. <<>> pienso, y le dedico mi mirada más amable. <<>> comenta la muy… Mi gesto se desdibuja por la cólera. Cojo la pala, a modo de arma, y la mujer desaparece al instante murmurando no sé qué. Sigo a lo mío. <<>> vaya, parece que el trabajo tiene algún que otro inconveniente.
Me dirijo al cantón, ese destino fatal, voluntariamente, con la cabeza bien alta, que es lo que tienen los estúpidos, la dudosa capacidad de conferir a cualquiera de sus actos una dignidad de risa, pero sobretodo, con una fuerza impensable, y es que voy hasta las cejas de pomada calmante de rápida absorción, y el ibuprofeno, mi nuevo amigo, parece haber dado sus frutos. Llego medio drogada, con una inexplicable sonrisa y una tremenda conformidad. Lo que me faltaba, a estas alturas y me vuelvo hippie. Sonrío al capataz como si en realidad me hubiesen llamado para condecorarme, y ese pitufito, todo él de azul, ni me mira, ni me saluda, ni tan siquiera me dedica un gesto de desprecio. Cambio mi actitud, que los antiinflamatorios no son tan potentes como para frenar mi orgullo, y voy a lo mío. Unos segundos, y me transformo en vaporeta humana. <<>> pienso en un ataque de locura vengadora.
Preparados los útiles de faena, salgo no sin uno de esos graciosos mapitas que esta vez aparece numerado por orden de acción. Papá pitufo me explica, mientras yo miro atenta dando un millón de vueltas al plano para ubicarme. <<>> Elemental, sí; <<>> no hay duda, ¿es que me ve cara de idiota?... puede que sí; <<>> esto empieza a perder toda lógica. <<>> Lo miro confusa. <<>> medito, <<>> << ¿Y no hubiese sido mejor distribuirlas por colores?, >> pregunto al fin. Él queda estupefacto. <<>> Espera paciente, cosas del cargo, que algo tiene que aguantar para cobrar más que yo. <<>> dice al instante. Y de nuevo, sola, perdida, angustiada, y con una maraña de números en mi cabeza, me dirijo al centro de operaciones.
Llego en un paseíto. Allí, en la calle uno, primera según el orden normal, observo lo que me espera. El sector, calle, tramo uno, o como quiera llamarlo ha caído presa de las hojas de platanero, << ¿pero es que estos árboles no se podan?, >> digo mientras analizo la situación. Camino un poco y veo que así, en general, todo está igual. Me pongo a ello. Son las siete y media y ya sólo pienso en la hora del bocata, la ambición me ciega, qué le voy a hacer. Cepillo grande, unos giros pélvicos, un montoncito aquí, otro allá, y a recoger con el escobijo y esa pala, mancuerna, con la que voy a muscularme. Dinerito que me ahorro en gimnasios. Misma operación: montoncito, recoger, montoncito, recoger. Así media hora. Casi tengo un tramo completo de calle y me da por echar la vista atrás, pese a las contraindicaciones de mis compañeras. Justo girarme, empiezan a llover cientos de hojas hasta que, de nuevo, cubren todo a su paso. <<>> me digo, y la frustración se apodera de mí. <<>> palabras de ánimo estilo el agotado entrenador de Rocky, que hacen que acabe con ellas a la velocidad del rayo, ¡y ya ha pasado una hora! Jamás saldré de uno. Evito las miraditas de reojo a lo que voy dejando atrás, cuando llega el capataz. <<>> me dice, y me pilla con el escobijo en una mano, la pala en la otra, el cepillo entre los dientes y sosteniendo el carro con un pie para que no caiga calle abajo. Lo miro, y la ira parece crecer en mi interior. << ¿Cómo?, >> digo con las últimas fuerzas de que dispongo, y pienso en un golpe certero en la puerta, un palazo en el capó, un expediente disciplinario, el despido, y como no, el desahogo, la tranquilidad, la rabia eliminada, mi recompuesta salud mental. Céntrate. Control, control y control es lo que necesito ahora. Inspiro, expiro, inspiro... << ¡¿no ves la cantidad de hojas que hay?! >> Vaya, parece que esto ha sonado algo violento ¿no? <<>> Y con esto se va. <<>> pienso mientras lo veo desaparecer. Ejercito mi autocontrol para futuras intervenciones de este tipo, pero quién sabe por qué razón, la agresión se me hace cada vez más tentadora.
Continúo haciendo caso omiso de sus indicaciones, <<>> me digo. En esto, se me acerca una mujer camuflada en pellejos que imagino de astracán, típica indumentaria de domingo, misa y cafetito con las amiguitas súper-mega guays. Decido no juzgarla, después de todo, mi pelo es ahora una especie de estropajo informe y he empezado a sudar hasta por los párpados. <<>> pienso, y le dedico mi mirada más amable. <<>> comenta la muy… Mi gesto se desdibuja por la cólera. Cojo la pala, a modo de arma, y la mujer desaparece al instante murmurando no sé qué. Sigo a lo mío. <<>> vaya, parece que el trabajo tiene algún que otro inconveniente.

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