19.9.06

La Bellota del 3

Va a sonar a coña: sí, los operarios de limpieza también viajan, que queda un poco rollo “los ricos también lloran” aunque en versión realidad catastrófica. Qué puedo decir salvo que al parecer, mis dominios son aún más amplios de lo que cabría imaginar.....no, si al final con tanto traslado voy a ser más conocida que el papa. Y es que nos pueden enviar a territorios de lo más insospechado, que si una urbanización a medias construida, que si una calle intransitable, una avenida principal, una plaza atestada, un callejón desierto, un descampado...sí, sí, que ese punto amarillo y verde a lo lejos, seguro es alguien del gremio. En cualquier lugar puede ser necesaria nuestra presencia, vale, esto ha sonado un poco a superhéroe espacial, una forma sutil de subir ligeramente, que tampoco vamos a sobrarnos, la tan delicada moral de las tropas.
Voy al cantón y presiento que estoy de más, será porque somos el doble de las habituales, así que pienso en un día libre, croissant a la plancha, café con leche, mi casa, mi sofá, mi edredón de plumas, la tele, las musarañas, el aburrimiento...¡no!, ¡jamás me permitirán caer en el tedio más horroroso!, que sí que todo es por mi bien. Y con estas, me envían a otro cantón. Adiós al viaje de vuelta anticipado, al calor del hogar, al súper desayuno de campeones, a los programas para marujas desocupadas, a la siesta mañanera, ¡basta!, mejor me olvido y punto.
Salgo con mi botella de agua en la mano y mi traje reluciente, medio limpio..va, algo mugrosillo qué pasa, es que sólo me dan uno y no da tiempo a lavarlo de un día para otro. Desprotegida, sin mi carro, mis cepillos, mi pala de defensa, ese rechinar incesante de las ruedas, hilo musical de mis mañanas, sin mi razón para existir vaya, llego a mi nuevo destino, exhausta por qué no decirlo, que las distancias para ellos, los que van en coche, no se corresponden con la realidad. El cantón es como todos, puerta azul, paredes blancas y escudito de la ciudad, a estas alturas, para qué van a cambiar el formato. Entro y no hay ni dios, sólo el capataz, ese ser omnipresente. Me manda montar un carro, me explica por encima la zona, y como no, me arrea uno de esos mapitas orientadores, que esto debe de ser materia obligatoria en los cursillos de ascenso al poder, muy útil para confundir al personal. Voy a colocar el carro, los cubos como de costumbre rotos, las bolsitas semi-pegadas, el escobijo con tres pelos, el cepillo descoyuntado, y por último que no menos importante, la pieza clave, fundamental, la pala. ¡Dios!, ¡esto no hay quien lo levante!. La miro con detenimiento en plan C.S.I Las Vegas, mismo mango, mismo material, no, no son de aluminio, que a punto estoy de morirme al comprobarlo, total, lo de siempre. Soy Hulk, soy Hulk, me digo, aunque sigo sin creérmelo del todo. Leo entonces, “La Bellota”, y el capataz me comenta la importancia de la marca, puntera en esto de las herramientas. Analizo mi incultura, que después de todo, debe de ser más o menos como la sidra “El Gaitero” en el mundo de los trabajos forzados, pero pronto olvido este detalle al sentir de nuevo su peso. No puede ser, ¿será que no he desayunado?, pues nada, le digo que necesito al menos un litro de leche con medio de cereales para ponerme a tono..no, sería igualmente imposible. Él me observa en mi indefensión, y yo, le devuelvo la mirada intentando despertar su compasión, que no hay manera porque me hace un gesto de ¡ya está bien!, que identifico rápidamente. Vale me voy, le digo con desgana, la habitual, que yo tampoco voy a cambiar a estas alturas de la vida.
Y allí voy, dispuesta a todo, a una zona desconocida, con mi pala de profesionales, que ya estoy en otro nivel y esos detalles se notan, se respiran en el ambiente, sintiendo la fuerza, la que no tengo, hecho que compruebo al ir a recoger un papel. La pala me vence. ¡Dios, qué bochorno!, ¿me habré dejado los músculos en casa?, la fuerza me ha abandonado y no me he dado ni cuenta. Arrastro ese instrumento diabólico como puedo, no, si al final voy a terminar recogiendo los papeles con la mano, y me pongo a hacer mis ya reconocidos montoncitos de hojas. Pienso en la mejor forma de introducirlos en el cubo. Igual si lo vuelco y barro los montones hacia el interior....va a ser que no. La levanto un par de veces a ver si me hago al dolor, verás mañana qué agujetas, lo que yo te diga, este trabajo va a acabar conmigo. Parece que empiezo a acostumbrarme, no me queda otra, y termino haciendo los ya característicos movimientos de pala a golpe de sufrimiento, que la cara es el espejo del alma.
La vuelta al cantón es infernal, me pesa hasta el pelo y ya empiezo a sentir un ligero dolor en el hombro izquierdo, sí, el de la pala. Al llegar, lo comento con la ingenuidad que me caracteriza. Las demás se hacen las locas. No si va a resultar que soy la más enclenque. Una de ellas se me acerca, coge mi pala, ese utensilio criminal. Esto es un 5, me explica indicándome el número del mango. Nada que cree que soy gilipollas, ¿¡dónde más ha llegado mi fama!?. Coge otra pala. ¡Oh no!. Esto es un 3, 3 kilos, ¿entiendes?. Se va, que ya está todo dicho y es bastante humillación por hoy. Miro ambas y lloro. ¿Por qué nadie me dijo que había bellotas del 3?.