11.12.06

Sindicalistas

Hoy llego al cantón - mi centro de operaciones - con un optimismo sorprendente, con una sonrisa inexplicable, alegre, distendida, serena. Y es que hoy llego con ese aire de “paso de todo” que me hace ver las cosas desde otro punto de vista, con otra perspectiva, así, como con distancia… tanta, que hasta da miedo. Pero fijo, fijo, que alguien va y… en fin, mejor, dejémoslo.
Entro en el vestuario y me dispongo a disfrazarme, primer y fundamental paso para comenzar mi labor. Abro la taquilla dispuesta a enfundarme en ese increíble traje verde cuando… ¿ein?, ¿¡¡pero dónde están mis cosas!!? La taquilla está desierta, más limpia que la patena, ni una mota de polvo… y claro, ni unas botas, ni un chubasquero, ni una camisa, un pantalón. Ay, que ya estoy viendo el panorama… pues a esperar, que lo que me faltaba a estas alturas era salir con mi ropa de casa. Demasiado bonito se presentaba el día. Confirmo el hecho - o más bien, hurto tan inusual - analizando cada recoveco, cada rincón, más que nada por lo insólito, que nunca se ha visto robo igual. ¡Vamos, que ya hay que ser cutre!
Me aseguro, informo, y como no, me siento. Venga, a esperar ropita nueva. Hoy ya he echado la mañana… eso pienso yo, porque me la traen como el rayo, menudos son estos cuando se trata de trabajar. Todo, todo, menos mis botas, ese componente básico sin el que no salgo ni de coña. Así que voy, y muy resuelta, me niego a empezar. Sí, sí, pero como ya decía yo, fijo que alguien va y… < Mujer que salir, no tienes por qué >, me dice el sindicalista de turno en tono confidencial. Como si no lo supiese. < Pero total> continúa < ¿estás dispuesta a quedar mal con ellos por esta tontería? > < ¿¡¡Cómo!!? > No, seguro que no he entendido bien. Seguro, seguro, que ha querido decir otra cosa. Vamos… segurísimo. Así que, convencida de mi error, o más bien, de mi mala audición - debe de ser la edad - me apoyo en una de las barandillas que hay justo en la puerta. < ¡¡¡Pero, qué haces!!! > Y claro, me reincorporo de un salto. Imagino qué sé yo, que está recién pintada, que he machacado un adorable bichito que caminaba por allí sin meterse con nadie, o algo más mundano, que me he apoyado en una enorme caca de paloma. Claro, que yo, no soy sindicalista, y en mi completa ignorancia - ¿he dicho alguna vez que no doy para más? - aún no me doy cuenta de esos pequeños detalles que me hacen ser… sí, un simple peón. Lo miro atenta, con expectación, con inquietud, y con una cara de no enterarme que ni te cuento. Ya lo dije, no pertenezco a la élite, al sindicato, esa gran familia… < el sindicato > palabras que salen de su boca de un golpe, quién sabe si habrán pasado por su cerebro, pero así que las lanza el tío sin cortarse. Miro la barandilla, lo miro a él y cómo no, me miro sí, el culo aferrándome a la idea de que en el fondo, él piensa en lo de la caca de paloma. < Vamos, que te llega a ver y se te cae el pelo > Ahí lo tenemos: mi representante, mi defensor, mi héroe de andar por casa. Lo dicho, alguien iba a fastidiarme el día.
Y a todo esto, intento desviar la conversación no sea que se ponga a llorar, imaginándose al encargado llegar y verme de esta guisa. < lo de que me hayan abierto la taquilla... > medito sin llegar a terminar. < En fin > responde él - sí, el sindicalista - < es por una reorganización, para evitar que haya taquillas vacías reasignándolas > Ah, ahora ya está claro. Sí, sí, cristalino. Yo, en mi increíble torpeza no habría sido capaz de dar una respuesta tan elaborada y dicho sea de paso, tan acertada. Aún así me arriesgo - cuán osada es la ignorancia - y de nuevo, pregunto. < Pero... > y antes de que llegue a terminar - oír para creer - me habla de - me cuesta hasta decirlo - ¡la mili! obligatoria en sus tiempos, origen de increíbles anécdotas para contar y contar y… muy útil en estos casos. < Y a mí me abrieron la taquilla en la mili > y lo dice así, indignado pero contento, respaldando a no sé muy bien quién - de la empresa -que se había atrevido no sólo a abrir MI taquilla, sino a coger MIS cosas. Vaya, pues no sé por qué a mí me parecía raro… mejor, lo ignoro. Pero ahí que sigue, haciendo como que invierte su tiempo en salvaguardar la dignidad de los operarios - simples mortales - estrato al que dejó de pertenecer hace ya tiempo y al que, bajo ningún concepto volverá. Esto queda patente en el mismo momento en que aparece mi digamos, inmediato superior, incapaz él mismo de explicar el hecho. Yo pregunto, de nuevo sí, ¿parecía que me había quedado claro?. Él balbucea y el otro - mi defensor - babea y sonríe a la que se muestra conciliador… paso, abandono el optimismo, la sonrisa, la alegría, la distensión, la serenidad… Tomo fuerzas, aguanto la respiración y... nada, que ahora los dos se van a tomar un café. Lo último, ya lo decía yo. Qué gran día para que aparezca alguien y… en fin, mejor, dejémoslo.

28.11.06

El Perfume

Como soy una chica imprescindible - ya empiezan a darse cuenta de mi valía - me han pedido, suplicado entre lágrimas que trabaje también a diario... Vale, me han hecho un contrato de ampliación, de esos de “sigues sin librar los fines de semana y sí, además vas a currar a diario”. No si la que nace cortita... Y yo voy y digo que sí, que no me importa no librar, que soy feliz sólo con ir al cantón un lunes como el resto del mundo, que me muero por ver cómo son las mañanas de la gente normal, todos esos que ¡dios!, ¡qué vergüenza!, tienen sí - no nos rasguemos las vestiduras - ¡fines de semana!... Siempre ha habido clases.
El caso es que, en principio, libro dos días entre semana. Que no, que no, que aquí no me dan un sábado ni aun con una enfermedad congénita que me impida coger la pala, ¡menudos son! Y no soy sólo yo la que ha picado, que somos diez cuando lo normal es no superar con mucho los cinco. Como tontas, aquí todas a pillar pasta.
Paso por mi calle - una de tantas - y ahí está el indigente loco lanzando gapos como un descosido. Acelero a la que me aproximo que no estoy yo para una lucha de babas a estas horas y... ¡¡¡uy!!!, ¡casi hace diana en el escudo del ayuntamiento! Hay que ver, qué poquito respeto. Un salto rápido, un giro de ruedas y a punto estoy de volcar pero me mantengo intacta, y lo miro desafiante en plan Clint Eastwood en sus mejores momentos, haciéndole saber que se la está jugando... Nada que pasa, pero mucho porque ahora me dedica uno de esos ruiditos repugnantes preludio de... dejémoslo, tengo suficiente con escucharlo. Me cruzo de acera, ésta está hecha por hoy, que el trozo del guarrete ni lo miro. Estoy frente a él. No me lo quito de encima ni queriendo. Calculo la distancia. ¿Cómo andará éste de pulmones... ? Pues igual, igual, cogiendo un pelín de aire, lo mismo hasta me alcanza el tío que con la suerte que tengo... No quiero correr riesgos así que me pego a la pared del edificio - tanto que apenas puedo mover el cepillo - y a lo mío. El arroyo eso sí, ahí que se va a quedar, que no estoy por jugarme la vida a lo loco. Miro de todas formas - deformación profesional - y entre cagadita de perro y pañuelo gripal veo un sin fin de moneditas esparcidas a diestro y siniestro. Me acerco aun a riesgo de perder mi integridad en el intento y sí, efectivamente, son monedas. Vale que no euros completos pero algo es algo. Que si un céntimo por aquí, una de diez por allá. ¿Serán del loco? Dudo por un instante. Lo miro y vuelvo a dudar. Decido observar antes de pasar a la acción y sigo barriendo eso sí, sin desplazarme en exceso no me vayan a jorobar el descubrimiento. Alguien se acerca a él, le echa unas monedas y se va. Mira, ha tenido suerte, o eso es lo que creo yo en mi ingenuidad, que el tío se pone de una leche que no veas y las lanza allí donde caen, con el resto. Me acerco discretamente, cepillo en mano por si las moscas, haciendo que voy a barrer algo de todo aquello que sin desinfectar, ni sería capaz de mirar pero en fin, he ahí que me doy cuenta de que por menos de un euro éste no da ni las gracias.
Bueno, bueno, y yo aquí dudando entre coger las sobras del indigente... soy lo peor. Cada vez, más cutre. Si lo que te digo, la indigencia a un paso. Cambio de calle no sea que se le ocurra abrirme la cabeza con una, que hay mucho incauto por ahí repartiendo calderilla.
Paso por una perfumería, de las pequeñas, recogidas… vamos de las pijas exclusivistas, de esas a las que ni me acerco no sea que la mezcla de fragancias - mis cubos, sus perfumes… un nuevo aroma a rancio calle - me haga aún más popular en el barrio.
El dependiente, dueño o lo que quiera que sea sale a saludarme. Que si qué tal, que si qué día tan feo, que si la navidad está a las puertas. Que digo yo, a las puertas ¿de qué?, porque a mí se me hace más de lo mismo. ¿Será que trabajo todas las fiestas? Claro que éste ni se lo imagina, tanto glamour le embota el cerebro. Hace un amago de retirada cuando, ¡Oh dios!, me dice que espere. ¿Qué va a ser esta vez? Sale con un frasquito en la mano. Chanel, leo con esfuerzo. Y pienso - en mi absoluta ingenuidad - < ¡¡¡¡ay, que me va a regalar un frasco!!! > A eso se refería con la Navidad. ¡¡Es Papá Nöel!! Como loca me pongo, que aquí los regalos no son muchos, pero si es cuando me dan el periódico y ya me emociono. Verás en casa cuando me vean entrar con, sí, un frasco de Chanel. Ya estoy más cerca de la Beckham, la Monroe de las calles… si es que donde hay estilo. Pero ¿¡qué hace!? Me acaba de pulverizar. < Un poquito por aquí, otro poquito por allá > dice así - en tono melódico, sin cortarse - a la que me acerca el spray a ambos lados del cuello. Y va y se larga, frasco en mano, que al perecer era de los de prueba… < ¡¡pero tú!!, ¡que es mío! > Como si nada así que allí me quedo, sin moneditas, sin perfume, y sí, como de costumbre, con una cara de… Nada, nunca aprenderé.

21.11.06

Esas Encantadoras Abuelitas

El día a día en la calle - máxime en la zona que me ha tocado en suerte - es descorazonador. El que no me ve como un árbol, me mira cual papelera móvil... eso el que llega a percibir mi presencia claro está, que al parecer soy una mezcla entre el hombre invisible y mister proper, y yo sin enterarme. Ahora, eso sí, las que nunca me abandonan, haga sol, llueva o granice - bueno igual me estoy pasando un poco pero en cualquier caso - mis incondicionales, mis fans fuera de toda duda, son ellas, mis niñas, mis jubiladas, esas dulces abuelitas sin más ocupación que sacar a pasear al perro a que esparza sus residuos allí donde le pille... a que cague vaya, que el asunto está claro.
Hoy tengo el día de las ancianas respondonas. Sí, de las de < tengo razón por encima de todo, la verdd absoluta´, y tú, simple mortal... > y es ahí donde te miran por encima del hombro escudándose en la edad, que tenerla la tienen; en la experiencia, siempre dudosa; y como no, en el dinero, que cuando lo hay... En fin, que para no variar, me tocan todas a mí. Lo reconozco aunque viene a ser ya de dominio público el tema.
Nada más salir y ya tengo el primer encontronazo. Mujer adulta - vale anciana, muy anciana - con su perro, chiwawa - una especie de rata cursi con pelito marrón - pasea alegremente por la calle, sí, mi calle. El perrito encantador olisquea, levanta la tierra de los alcorques - qué monada -, da vueltas sin sentido hasta - este momento tenía que llegar - hasta que se acerca a mí. Yo sigo a lo mío, con el cepillo del poder en mis manos, barriendo a la vez que observo esa especie de media cucaracha olfateando las ruedas de mi súper buga y por supuesto, a la anciana feliz que digamos, pasa del perro. Casi estoy por girarme - total, la media rata me resulta indiferente - cuando... < ¡¡NO!!, > y con este chillido de guerra me abalanzo sobre el carro con tal energía, que el perro se aparta de un salto. < ¡En mi carro no!, > claro, aquí estoy ofendida. < Pero si no pasa nada > me dice la abuela a la que analiza al perro. Sí claro, y ahora me tendré que sentir culpable porque al chucho se le ha cortado el pis. < Controle a su perrito señora > Ella me mira con odio. < No es para tanto > repite haciéndose la fuerte chiwawa en mano. Yo le devuelvo la mirada desafiante con mi súper cepillo de campeones - no hay color no - tengo todas las de ganar. Se va, el resultado era evidente: marrana cero, operaria uno. La próxima vez se lo pensará dos veces antes de infectar un carro. ¡Por dios!, ¡que hay cosas intocables en esta vida! Ya me veía oliendo a pis mañanero toda la jornada... que no es para tanto, que no es para tanto...
Prosigo. La mañana está hecha, un poco más y me da la hora de pirarme. Se me acerca, correcto, la abuela de última hora, y yo quería pedérmelo. Que si estoy bien, que si llevo bien el trabajo, que si tengo frío, que si me tengo que cuidar... Hasta aquí pura amabilidad. Sorprendente ¿no?, y tanto que pronto empieza con lo de: < que si hay mucha basura en la calle, cada vez más... > y aquí ya se lanza: < es que con tanto inmigrante, no hacen más que ensucier, dejar mierda por ahí, ¿verdad nena? > Pone tono compasivo y yo, claro, asustada - que se me ha cortado la respiración de un golpe - con tanta exaltación. < Y yo lo siento por ti > me dice antes de irse, nada que al final siempre acabo dando pena. Una palmadita en el hombro, gesto de resignación, un suspirito - éste que nunca falte - de esos de "¡ay lo que nos quedará por ver!", y adiós muy buenas. Se va dejándome boquiabierta, cepillo en mano como siempre, y sin capacidad de reacción. Y encima va de dulce la tía. Me quedo pensando en la relación inmigración-suciedad que no asimilo, ¿será que soy barrendera? Es que no doy para más qué se le va a hacer.
Minutos más tarde, cuando ya creía zanjado el tema me aborda otra. Venga y ya van tres. ¿Qué va a ser ahora?, ¿la crisis internacional, el petróleo, la caída de la bolsa, estos chinos acapara tiendas... ? Mismo comienzo, idéntica conclusión, esta vez orientada a lo económico... que ahí les duele que ni te cuento. Otra vez las clásicas preguntas preparatorias: que si estoy bien, que cómo lo llevo... ¡al grano señora, al grano! < Yo lo que veo mucho ahora > inicia su charlita así y yo ni pienso en lo que verá... < Veo mucha inmigrante en esto de la limpieza ¿no? > La ignoro que ya me empieza a superar el temita. < Lo que os faltaba, ¡pobres!, que encima os quitasen el poco trabajo que tenéis > y diciendo esto se va. No sé cómo tomármelo, cualquiera diría que es inducción al motín. ¡Y encima me llama pobre!, pero ¡adonde vamos a llegar!
Prosigo, casi mejor ignorarlas, que hoy están en un plan macarra... Al poco me sale otra al paso. < ¡Cuánta mierda!, > así del tirón, directa al temita que quién sabe cómo terminará esta vez. < Y luego dirán que son los perros > dice indignada. Bueno, algo de razón tienen, pienso yo, pero claro ésta debe de ser de las de "mascota forever" tatuado en el antebrazo. < Y para ti todo > me dice con lástima. No voy a contestar a eso, no voy a contestar a eso. Parece que se va cuando... no, va a ser que no tengo suerte, vuelve a hacerme un último apunte que espero con resignación. < Gracias > dice y ahora sí, desaparece. Sin palabras, me ha dejado sin palabras.

14.11.06

El Periódico

Salimos del cantón con la fresca. Se dice, se comenta - este hombre del tiempo que tanto afirma - que va a llover. Miramos al cielo sí, como si entendiésemos algo, como si con mirar las estrellas... ¿qué pasa? aún es noche cerrada cuando empezamos a trabajar. No quiero ni pensar en ello. En fin que observamos el firmamento - tan oscuro él - como meteorólogas en paro - de esas que acaban siendo barrenderas - y efectivamente, no sacamos conclusión alguna. Va a ser por eso que estamos en paro. No, no, si no me veo yo quitándole el pan a Mario Picazo, vamos, ni proponiéndomelo. Nada que me quedo como estoy.
Vamos dirección a nuestras respectivas zonas, medio dormidas, acompañándonos - que la charla va bien para despabilarse - en una palabra, resignadas y como no, ansiosas porque dé la hora del bocata. Intentando eso sí, no prestar mucha atención a la mierda que nos rodea, al menos hasta que sea inevitable. De pronto... ¿¡qué vemos!?: un fardo de periódicos relucientes, como recién impresos; ahí abandonados, en mitad de la calle; desperdigados unos, sobre un banco los otros. Y claro, tontas no somos, o no tanto como la gente cree, así que nos lanzamos. ¿Quién quiere uno? Sí, lo decimos así, a voces, todo esto a las siete de la mañana, que ya es tarde para cualquiera del gremio cuando aunque parezca mentira, aún hay quien duerme... La gente - escasa porqué no decirlo - se une a nuestra iniciativa “prensa para todos”. Vaya con los pijos remilgados, lo pronto que se hacen a mangar. Claro que las que quedan de pena siempre somos nosotras: las ladronas de verde, las atraca kioscos sin saberlo.
Ya con el periódico en nuestro poder continuamos, felices por adquisición tan barata - qué bien está la información - ingenuas de nuestro hurto. Unos pasos más adelante... < ¡¡eh!! ¡que aquí hay más! > Yo me lanzo cual gacela. Lo bien que me va a venir esto en el desayuno. Ya me veo comparando opiniones. Uno de cada, esto es un pleno. < ¡¡Pero si hay libros y todo!! > Hay que ver con qué poco nos conformamos, si es lo que yo digo, cada vez, más simples... Ya estamos tocando el papel, yo el del periódico, otra la tapa de los libros, todas con gesto exaltado - que para nosotras esto es lo más parecido a la noche de reyes. Un chirrido, una puerta que se abre... < ¡mierda!, la kiosquera ha llegado >. Y claro, ahora entendemos que todo el material tiene dueño, es que hay que ser tupi. Nos batimos en retirada, con discreción, en silencio, y por supuesto, sin periódico, sin libro, sólo el primer alijo nos consuela. Qué se le va a hacer, menos es nada, no se nos da bien ni el hurto a pequeña escala. Pensamos en ella, la de las pérdidas, que igual le han mangado diez, o cuatro... Pues visto así, tampoco es para tanto el tema ¿no?
Después del trabajo nos quedamos a comer - con nuestros respectivos periódicos bajo el brazo - en un Gino´s - sí, todo glamour - vestidas de calle - que el verde no va con estos sitios - cualquiera diría que estamos en el Ritz , es que para nosotras, cualquier cosa nos parece fina... < ¡que somos simples!, ¿no lo he dicho ya?. >
Yo me sitúo en una esquina y a mi lado se sienta una pareja, normal en un principio, o eso creo yo hasta que el tío me pide el periódico. < ¿Qué?, > reacciono un tanto sorprendida, y pienso que es mío, que no quiero dejárselo, que me lo va a arrugar, y mil tonterías como ésta. < No lo estás leyendo ¿no? > Vale, lógica aplastante porque me estoy limitando a comer un plato de pasta de los de cien gramos ocho euros. < No > admito tímidamente. < Pues eso > y el tío va y lo coge sin más. < ¡Oye que es mi periódico!, > pienso pero después me doy cuenta de lo injusto. Total si me ha salido gratis, y en realidad, no estoy haciendo uso de él... Medito, es que me estoy convirtiendo en una egoísta, mira que no compartir ni esto, es para flagelarme. Sí, yo soy muy así, de las del autocastigo sin razón, qué se le va a hacer.
Sigo con mi comida despacio que por lo que cuesta, tengo que estar haciendo la digestión hasta la hora de acostarme. No, no puedo evitarlo, y miro cómo aquí mi vecino se apropia del periódico cuando le viene en gana. ¿¡¡Éste de qué va!!? Lo miro de nuevo, si es que le tendría que haber dicho algo antes, pero me pilla así, desprevenida, después del trabajo y claro, no doy para más. A punto estoy de informarle que es mío, que lo he pagado... no, esto no cuela. Me callo de nuevo. Vera, no te reconozco. Lo coge, lo suelta, lo arruga, mira una hoja, mira otra, lo cierra, lo deja de nuevo y otra vez lo coge. < ¡¡Ya está bien!!, > pienso, pero no, nunca caeré en el rollo de la propiedad... < ¡por dios!, ¡que es un periódico! >>
Llega la hora de marcharse. Me pongo el abrigo, cojo el bolso y como no, mi periódico. Sí, ya sólo será mío, mi tesoro. El tío me mira y flipa. Éste se cree que me llevo una propiedad del Ginos. Lo que me faltaba, que hasta ahí no llego hombre. Comprende por fin su gran error -o eso creo- que es mío, que se ha sobrado y que debería disculparse. ¿Disculparse?, si es que sólo hago decir chorradas. Por favor, que lo último es reconocerlo. Parece mentira que aún no haya pillado esta máxima del distrito. De verdad, es que a una no la respetan ya ni aparcando el uniforme.

7.11.06

Llueve

Que sí, que sí, que los días de lluvia son necesarios, que ayudan a recuperar los miles de litros que se desperdician, en la calle, que hacen desaparecer la contaminación, que no paramos de producir, que provocan el crecimiento de los árboles, que luego se talarán para hacer carreteras....pero ¿por qué siempre llueve cuando estoy trabajando?. A ver, que ya puestos, bien podría ir turnándose, vamos, para que nos tocase a todos digo yo, que hay que ser un poco equitativos. En fin, como siempre, resignación.
A mí, no es que me moleste excesivamente, que si diluvia me paro y aquí paz y después gloria, hasta estar de vuelta en el cantón. Pero claro, hoy empieza el día con ese caer intermitente que no sabes que moja hasta estar calada del todo, vaya que cuando te quieres dar cuenta, estás de agua hasta las rodillas. La calle eso sí, queda como la patena, pero yo llevo cinco minutos de paseo y ya estoy como una sopa, chubasquero y todo porque sí, cala que da gusto. Siento algo de frío, una ligera humedad así que toco el interior de ese forro amarillo fluorescente..ante todo estilo, y noto que chorrea, vaya una mierda de impermeable, pienso, pero no hay otra cosa y no está el día como para hacer ascos.
Llevo el pelo empapado, pese al gorro, las manos mojadas, pese a esos guantes de goma como no, amarillos, que de impermeable ni la apariencia, pero no importa porque, tengo los pies protegidos.....Unos segundos y ya noto el agua circular por los calcetines, ¡oh no!, ¡se ha rajado la suela de las botas!. Que no cunda el pánico, soy una mujer de recursos....bolsas de plástico, que no, que no, que el frío no ha congelado mis neuronas, me las pongo en los pies y evito que se me mojen los calcetines.
Voy en plan Carl Lewis al único SANECAN que conozco por la zona. Hoy por fin las bolsitas recoge cacas caninas van a tener utilidad. Empiezo a tirar, nada ni una bolsa ¡pero si nadie las usa!. Fijo que alguien las ha cogido para ponérselas en la cabeza...¡cuánta falta de pudor!. La sensación de humedad empieza a ser cada vez más molesta. Corriendo, con el carro a mil revoluciones me planto delante del kiosco más cercano. Necesito un par de bolsas, digo, y claro el kiosquero flipa pero me saca dos. Aparco el carro, y allí mismo, para qué esperar, me quito los zapatos dispuesta a proteger mis pies de lo que viene a ser ya el gran diluvio universal. Eso no te va a servir de nada, dice él, pero yo, convencida, me voy con ellas puestas. Misión cumplida, ahora a pasear un rato bajo la lluvia.
Dos calles más allá veo una espuma blanca salir por las aberturas de la bota. Alucino, ¿y ahora qué?, ¿será que las bolsas tenían jabón?, duda existencial. Bueno, ¡ya está bien!. Me paro en una esquina, saco una de mis súper bolsas verdes, la rompo por la mitad y me la pongo a modo de media hasta la rodilla, así, en plan MacGuiber, que los pantalones empiezan a hacer aguas, ¡dios que se nos hunde el barco!. Ahora sí que parezco una indigente. Que esto no es digno, que no, y por este rollo de la dignidad me quedo allí, apoyada en una pared, con gesto de mosqueo, sin trabajar, esperando a que pase alguien.....el capataz, el encargado, un inspector del ayuntamiento...nada ¿¡pero es que soy la única que está en la calle!?. Vaya una reivindicación de mierda que estoy haciendo. Espero hasta la hora del bocata, que sin desayuno no me quedo ni de coña, y me voy al bar, con mi súper chubasquero, el pelo empapado, los pies calados, las manos arrugadas, como unas diez bolsas repartidas por todo mi cuerpo, y un montón de espuma cubriéndome las botas...definitivamente esto no es digno.Entro en la cafetería, uno con leche bien caliente. El camarero que ya me conoce...eso piensa él, osa comentar la climatología y sus consecuencias. Que si los días encapotados dan otro aire a la ciudad, que si el cielo plomizo..que sí, que sí, que el tío lo dice tal cual, pues eso, que si el cielo da un aspecto melancólico, que si ese aire otoñal invita a pasear..y yo, atenta, haciendo que le escucho básicamente, cuando a lo más que llego es a analizar los destrozos de la mañana. Que si botas rotas, que si impermeable calado, que si manos entumecidas. Y vale, puedo hacerme la comprensiva con lo del rollito melancólico, ese cielo deprimente, ese otoño matador, pero por lo de la lluvia ¡no paso!. Que si a mí me encanta mojarme cuando llueve, dice, y se queda tan ancho el tío. Claro, igual a mí también me gustaría, de ir equipada como dios manda, caminar por mero placer y durante cinco minutos no más. Continúa, eso cuando mi cara ya es un poema, que tengo un cabreo que no puedo. Que si la gente es tan tonta que lleva paraguas, que si, que si...¡silencio!, que ya está bien hombre. Seguro que no estaría tan contento de pasarse siete horas a la intemperie, bajo la lluvia, de sentir el frío llegar a los huesos, de notar chorros de agua caer por la frente, los pies empapados, las manos congeladas, los...en fin, en fin, para qué voy a seguir, pero claro....¡qué bonitos son los días de lluvia!.

31.10.06

Un Lugar Donde Vivir

La vida me sonríe. Es lunes y no, no trabajo, y no, tampoco cobro, consecuencia lógica a esta circunstancia, pero me levanto con un ánimo, una sonrisa, una energía...nada que no me reconozco ni yo. Y es que anoche estuve dándole vueltas a eso de la emancipación, esa de la que todo el mundo habla..excepto yo, que no había podido ni plantearme. Ya se me niega hasta la posibilidad, ¡hasta ahora! que así pensándolo he llegado a la conclusión de que igual es el momento. Alguna alegría tiene que dar trabajar de barrendera, que ya se sabe, lo de llevar el logotipo del ayuntamiento para algo tiene que servir.
En fin, que ha llegado el momento de ir a la e.m.v y solicitar uno de esos pisos para gente respetable sin mucho poder adquisitivo, si es que están pensados para mí. Voy a las oficinas con la moral en lo más alto, esta vez lo consigo, con gesto triunfante, esta vez no se pueden negar, con una actitud que parece que me voy a comer el mundo....nada el tío se descojona nada más contarle mi caso. Pues no creo yo que sea para tanto el tema vamos. Sí, mi contrato es de fines de semana, primer gesto de incredulidad, está pensando qué pinto yo allí. No, no gano esos trece mil euros al año no, vuelve a cuestionarse mi presencia ahora haciéndome creer que le estoy haciendo perder el tiempo, pero nada, yo allí, impasible, a la espera de una respuesta que me convenza....que no me da ni cita el tío. A ver, a ver, me empiezo a poner ya en tensión, otra vez que mi autocontrol flaquea. Que me dices si te digo, le noto un poco perdido con el planteamiento pero continúo, que hago ampliaciones y a veces, espera que vas a alucinar, a veces ¡ni siquiera libro un día de la semana!. Ahí queda eso, ahora sí que no va a poder negarse. Y qué, dice él. ¿¡Pero cómo que y qué!?. No doy crédito. Digo, continúo con mi explicación que ya veo no sirve de nada, que lo de trabajar fines de semana igual lo hago un par de meses al año, el resto estoy con contratos de ampliación...espero una respuesta que no llega, éste parece que no se entera. Tomo aire, esto me va a llevar tiempo. Él parece que reacciona. No puedo darte la cita. ¿¡Pero cómo que no!?. Vale que igual no llego al mínimo, pero a ver quién es el guapo que llega. Bueno pues empezando por el informático que se acaba de ir y terminando por la pluriempleada del final de la fila. De nuevo me siento sí, ¡gilipollas!. Nada, que con mi sueldo no puedo ni acceder a los pisos de protección oficial. ¿Qué me llevaría a mí a pensar que estaban destinados a gente sin recursos?..qué sé yo, una publicidad engañosa tipo “el gobierno destina fondos a viviendas para jóvenes”, o “todo el mundo tiene derecho a una vivienda digna”, o mejor aún...”el precio de la vivienda comenzará a bajar”, que no sé yo cuándo ocurrirá eso pero fijo, que a mí no me toca.
Vuelvo a intentarlo. Que si soy barrendera, que la empresa nunca va a estar en quiebra, que si mi sueldo, sí ya lo sé, escaso, pero estable que si lo piensas un poco.....nada, que no hay manera. Me voy descorazonada, sin ánimo, sin ilusión, sin sonrisa, y con unas ganas de dejar de trabajar..total, para lo que me sirve. Vamos que aunque estuviese sin librar todo el año no me llegaría. Y digo yo ¿a quién le tocará esto?, que si yo no llego al mínimo...Mejor ni pensarlo. ¿Y si pidiese un crédito?, a no, que con mi nómina lo mejor que me puede pasar es que me echen del banco.
Dejo al tío riéndose de mí, sí, en mi misma cara pero qué le voy a hacer, casi me río hasta yo.
Llego a casa a la hora del informativo, mira tú qué casualidad, ¡pero si van a hablar de sueldos!. Pienso en mi ingenuidad que hablarán de lo cara que está la vida, de lo desproporcionado de los precios, de no llegar a fin de mes, vamos de mí, ¡pues no!. Empiezan con el rollo ese de la familia que sobrevive como puede. Caso: familia sevillana de cuatro miembros. El padre trabaja, la madre no, los hijos son mayores y tienen trabajos que compaginan con estudios. Hay familias como éstas, comenta la periodista que se cree muy a pie de calle y yo también lo creo sí, hasta que habla del sueldo con el que en teoría, sobreviven. Sólo mil quinientos euros al mes gana el padre. ¿¡¡Qué!!?. ¿¡¡Mil quinientos eurazos!!?. Me levanto del sofá, indignada, haciendo mis cálculos...sí, ya es oficial, vivo en la indigencia. Vamos que yo con ese dinero, mantengo una familia numerosa, y en Sevilla, que mucho mundo no es que tenga, pero se dice, se comenta, que la vida es mucho más barata que en Madrid. De aquí a pedir a la iglesia, no, si ya lo sabía yo, que es la profesión del futuro, un oficio como otro cualquiera. Me echo a llorar y es que la noticia sigue, ¿qué sueldo tendrá esta gente?, medito, mejor ni pensarlo. Ahora toca la generación de los mil euros. ¡Ay!, suspira la periodista, ¡cuánto treintañero cobrando esa miseria!. Vale se acabó, apago la tele. Ahora empiezo a entender lo de la telebasura.
Me quedo eso sí dándole vueltas, haciendo mis cálculos de nuevo, comparando, ¡basta!, no hay comparación posible. Al final va a ser, que por no tener, no tengo ni futuro.

24.10.06

Envidiable Indigencia

Ya sé lo que quiero ser de mayor..de más mayor, el futuro me ha sido revelado y es de lo más rentable. Nada de agente de movilidad o bedel, todo eso pasó a la historia porque ahora, ¡¡quiero ser indigente!!. Ya sé que es algo peculiar, pero está decidido, es ahí donde está el negocio, no hay más que verlo. Así que, convencida de ello, me dedico a observar los movimientos de mis amiguitos, mis futuros colegas, mis futuros rivales.
Hoy de hecho, me encuentro con que varios de ellos han invadido mis dominios. Está el bajito con gafas, de apariencia común, una ligera cojera y una muleta que no suelta ni durmiendo. Me saluda, todos lo hacen supongo que sin esperanza de sacarse un sueldecito a mi costa...¡que voy de verde por favor!. Estoy barriendo como una loca, mierda de sábado noche, llevo recogidos desde botellas vacías a envases con ensalada por no hablar de...¿¡pero qué hace aquí la gente cuando sale!?. Me exalto, sigo barriendo con el sudor cayéndome ya por la frente, pelos de desquiciada, gesto de esfuerzo y un dolor de brazos que ni te cuento. ¿Qué tal?, me pregunta. Pues hombre, bastante peor que tú, pienso sin llegar a mirarle. Trabajo, trabajo, no puedo parar, no puedo parar, creo que empiezo a estar algo acelerada. Yo he acabado hoy muy tarde, continúa aunque le haya demostrado que sí, sé que está ahí y no, no me importa lo más mínimo. Pero él pasa. Me he ido a las tres a la discoteca. Otro que curra en la discoteca, amargados tienen que estar ya los porteros. No he dormido nada, y después de esto parece que se calla...pero no, la cosa va para rato. Fui ayer al mercado, me cuenta sí, como si le hubiese dado pie, yo, que no he parado de barrer desde que lo he visto. En fin que me suelta el rollo como si nada. "Una mujer va y me dice", él continúa a lo suyo, "mira el indigente cómo compra carne de la buena, y claro yo voy y contesto", esto lo dice con un aire entre ofendido y sobrado, "que si quiere pasta que se levante a las tres de la mañana y venga a hacer la discoteca como yo". Ahí está, dando el callo como un loco, vamos que cualquiera que le oiga igual piensa que se pasa la noche picando. Pero ahí lo tenemos, convencido de ganarse el pan con el sudor de su frente...¡¡y yo a base de pollo y jamón york!!. Que no me exalto, que no me exalto, si ya lo digo yo, que no me conviene hablar con esta gente que me hace parecer...sí, gilipollas.
Tuerzo una esquina para hacer otra calle y allí, justo al lado del semáforo me encuentro con uno que vende pañuelos a la que pide. Éste debe de estar deslomado, ¡dos trabajos a la vez!, el cómo se mantendrá en pie sólo él lo sabe. Me sonríe, pura rutina, y va a saludarme cuando una de las autóctonas, pija de mediana edad, esquelética y con una faja vulcan por encima de la ropa, esto ni lo comento, pasa por nuestro lado. Yo sigo con mi súper cepillo sacando brillo a la acera, escuchando de fondo al tío trabajarse a la colega que lo mira resignada, riéndome discretamente de escena tan ridícula, que ésta no le da un céntimo. Un minuto más tarde, ¿qué digo?, apenas medio, levanto la cabeza y ¿¡¡qué veo!!?, a la mujer vulcan con cincuenta eurazos en la mano. Te lo voy a dar sólo esta vez, pero ya no me pidas más, y se lo dice así, tan contenta, tan convencida, y pensará que ha hecho la buena obra del día. Estas pijas me pueden. Cincuenta euros en medio minuto. Lo que te digo que dejo la limpieza pública, ser indigente es un filón...poco se les ocurre dármelo a mí, ¡eh!, ¡que yo estoy más necesitada que éste!. Ella se va, él me sonríe, y yo me quedo muerta, cepillo en mano, ya ni la bellota me consuela. Cincuenta euros en medio minuto, un trauma, un trauma.
Continúo con mi labor, algo menos dispuesta, algo menos decidida y mucho, pero que mucho menos enérgica. A media mañana me cruzo con mi amiguito Rafa, el guarro de la vaguitis crónica. Lo que me faltaba. Me cuenta lo poco que duerme, lo poco que se queja, lo poco que come...y yo sólo pienso en lo mucho que gana, que como todo sea así, en un día se saca lo que yo en tres meses, por decir algo. Tanta denuncia me mata así que, ingenua de mí le digo que trabaje. ¿Para qué?, me pregunta. Yo vacilo, que no es una cuestión de respuesta fácil. Si gano más que tú, sentencia. Nada, si va a ser que soy gilipollas de verdad. Esto es lo último, no puedo más, tiro el cepillo y me replanteo mi vida, a este paso acabo de hippy en Ibiza vendiendo collares de conchas. Me voy que me siento desplazada...si es que voy a ser la más pardilla.
Llega el final y ya estoy cerrando las últimas bolsas de mierda, sí de esos que tanto ganan. Acabo de ver al loco del idioma raro sacando de un cajero y ¡no aguanto más!. Entonces se me acerca uno, a éste no le había visto nunca, y me pregunta si me he encontrado galletas de perro por ahí. Y yo qué sé, pienso. No, me da que no. Es que me he comido una, sí, como si me importase, y creo que era de perro, salada, algo tosca, difícil de tragar...Anda que no controla el tío. Es que son diferentes, explica. Alucino. No, no, yo no quiero ser como aquí el come galletas...antes me barro la Comunidad de Madrid yo solita.