Ese primer día
Por suerte para mi salud a corto plazo, y puesto que el mes comienza un domingo, mi presencia sólo se requiere un día esta semana. Así, para no agotarme en exceso, que como primera toma de contacto no está mal librar cinco días. Pinta bien la cosa, pienso, y aferrándome a ello queda superado lo de tratarse de un fin de semana, cuando todo el mundo libra, y lo de tener que levantarme a las cinco... vale, sin comentarios.
Llega el anhelado día -¿o debería decir noche?- y el despertador, ese oscuro objeto de deseo, empieza a sonar casi cuando termino de rendirme al sueño. Me levanto, esto no es vida, subo las persianas y ¡OH!, comprendo que es noche cerrada ahí fuera, en la calle, mi oficina. Intento mantener la cordura concentrándome en el único factor positivo que encuentro, el dinero, lo que me ayuda a sobrellevar el camino, la inminente incorporación, las presentaciones, y ese uniforme verde que ya me parece todo glamour. Me visto ralentizada por las circunstancias, repito: son las cinco de la mañana, y salgo de casa pensando en las dos, hora de volver.
El tren, el metro y multitud de trasbordos acompañada y por qué no decirlo, amenizada en mi sopor, por lo que me parecen innumerables borrachos, pastilleros, fiesteros y algún que otro currito, precede mi llegada al cantón, << ¡y aún es de noche!, >> me digo. Llego agotada sólo del trayecto, y presento mi hoja de incorporación al hombrecillo de azul que parece el jefe, perdón, “capataz”, que debo empezar a familiarizarme con el argot propio del gremio. Me disfrazo de duende quitacacas y salgo dispuesta a todo, guantes incluidos, último regalo de la casa. Me informan más o menos -que aquí todo parece revestido de una ambigüedad crispante- de mis deberes, y me dispongo a realizar el primer paso previo a la puesta en escena: el montaje del carro. Sí, yo también pensaba que era una especie de pack. Demasiado fácil. De manera que me lo tomo como un mecano, una obra, una creación a la espera de mis profesionales manos. Escojo uno de esos armazones con ruedas, qué gracia si lleva hasta un cajoncito, y tan entretenida estoy mirándolo que casi me olvido de continuar. <<>> me digo, y trato de hacerme con los más presentables, es decir, nuevos, enteros al menos. Vale, me rindo, cualquiera servirá, después de todo van a ir ocultos con una de esas magníficas bolsas verdes. Ya sólo queda el enorme cepillo, que no sé manejar; la pala de hierro, que apenas levanto un palmo; el escobijo, que no sé manejar; unas cuantas bolsas, que casi no sé ni poner. Basta, a la acción. Observo de reojo mi creación y sonrío satisfecha, nada como si ya lo tuviese todo hecho, y es entonces que me endosan un plano con una barbaridad de calles enrevesadas e ilegibles que según parece conformarán mi territorio. Analizo esta especie de mapamundi asombrada, o mejor, asustada ante el descubrimiento. Y yo que tenía entendido que el margen de acción de un barrendero no pasaba de una calle. Tarde salgo de mi error, y allí me quedo, plano en mano, sin saber qué o cómo realizar tan ardua tarea. <<>> me digo. Me comenta que no iré sola, y yo, en mi ingenuidad, me imagino acompañada de una especie de cuadrilla de diez o quince personas. Una compañera, repito, sólo una, me llevará únicamente para indicarme la posición exacta. Y es ahí que el miedo, por no decir pavor, se revela en un intenso dolor de estómago. <<>> miro mi carro como lo único salvable de mi primer día, << ¿cómo se hace?, >> y libero de esta forma tan inútil mi desesperación contenida. <<>> respuesta que no admite réplica alguna. <<>> pienso mientras lo miro estupefacta. Visto el éxito de explicación tan elaborada, y a modo de favor personal, define, a grandes rasgos por supuesto, lo de “simplemente barrer”.
<<>> Elemental querido Watson. <<>> ¿cómo no se me había ocurrido? <<>> lo que no deja de ser obvio pese a tratarse de algo que pesa como mínimo tres kilos. <<>> es decir, bordillos; <<>> bonito nombre para lo que simplemente son esquinas; <<>> agujeritos donde están plantados los árboles; y como no, las aceras, el tramo más próximo de la calzada, los bajos de los coches, los carteles, la publicidad... ¡todo! <<>> me digo cuando estoy a punto de llorar. <<>> y me lo dice así, tan tranquilo, mientras yo me alejo tratando de dilucidar a qué se referirá con semejante expresión.
Llego al campo de batalla, <<>> pienso, hasta que descubro el infierno materializado. Dios no existe y el demonio se ha apoderado de la ciudad para torturarme. Zonas conflictivas: los arroyos, cubiertos de hojas hasta donde la vista alcanza, y donde no, porque parece un manto interminable, ¡¿cómo pueden circular los coches?!; los encuentros, ni los veo entre tanto matorral; los alcorques, ¡dios mío!, ¿dónde están los alcorques?; las aceras, ¡ah!, pero es que aquí había una acera... bonito descubrimiento; por no hablar de la carretera que ni se ve, los carteles que parecen ya empapelar las paredes, me pregunto que habrá debajo. Reflexiono. ¿A qué se refería exactamente con “lo gordo”?.
Llega el anhelado día -¿o debería decir noche?- y el despertador, ese oscuro objeto de deseo, empieza a sonar casi cuando termino de rendirme al sueño. Me levanto, esto no es vida, subo las persianas y ¡OH!, comprendo que es noche cerrada ahí fuera, en la calle, mi oficina. Intento mantener la cordura concentrándome en el único factor positivo que encuentro, el dinero, lo que me ayuda a sobrellevar el camino, la inminente incorporación, las presentaciones, y ese uniforme verde que ya me parece todo glamour. Me visto ralentizada por las circunstancias, repito: son las cinco de la mañana, y salgo de casa pensando en las dos, hora de volver.
El tren, el metro y multitud de trasbordos acompañada y por qué no decirlo, amenizada en mi sopor, por lo que me parecen innumerables borrachos, pastilleros, fiesteros y algún que otro currito, precede mi llegada al cantón, << ¡y aún es de noche!, >> me digo. Llego agotada sólo del trayecto, y presento mi hoja de incorporación al hombrecillo de azul que parece el jefe, perdón, “capataz”, que debo empezar a familiarizarme con el argot propio del gremio. Me disfrazo de duende quitacacas y salgo dispuesta a todo, guantes incluidos, último regalo de la casa. Me informan más o menos -que aquí todo parece revestido de una ambigüedad crispante- de mis deberes, y me dispongo a realizar el primer paso previo a la puesta en escena: el montaje del carro. Sí, yo también pensaba que era una especie de pack. Demasiado fácil. De manera que me lo tomo como un mecano, una obra, una creación a la espera de mis profesionales manos. Escojo uno de esos armazones con ruedas, qué gracia si lleva hasta un cajoncito, y tan entretenida estoy mirándolo que casi me olvido de continuar. <<>> me digo, y trato de hacerme con los más presentables, es decir, nuevos, enteros al menos. Vale, me rindo, cualquiera servirá, después de todo van a ir ocultos con una de esas magníficas bolsas verdes. Ya sólo queda el enorme cepillo, que no sé manejar; la pala de hierro, que apenas levanto un palmo; el escobijo, que no sé manejar; unas cuantas bolsas, que casi no sé ni poner. Basta, a la acción. Observo de reojo mi creación y sonrío satisfecha, nada como si ya lo tuviese todo hecho, y es entonces que me endosan un plano con una barbaridad de calles enrevesadas e ilegibles que según parece conformarán mi territorio. Analizo esta especie de mapamundi asombrada, o mejor, asustada ante el descubrimiento. Y yo que tenía entendido que el margen de acción de un barrendero no pasaba de una calle. Tarde salgo de mi error, y allí me quedo, plano en mano, sin saber qué o cómo realizar tan ardua tarea. <<>> me digo. Me comenta que no iré sola, y yo, en mi ingenuidad, me imagino acompañada de una especie de cuadrilla de diez o quince personas. Una compañera, repito, sólo una, me llevará únicamente para indicarme la posición exacta. Y es ahí que el miedo, por no decir pavor, se revela en un intenso dolor de estómago. <<>> miro mi carro como lo único salvable de mi primer día, << ¿cómo se hace?, >> y libero de esta forma tan inútil mi desesperación contenida. <<>> respuesta que no admite réplica alguna. <<>> pienso mientras lo miro estupefacta. Visto el éxito de explicación tan elaborada, y a modo de favor personal, define, a grandes rasgos por supuesto, lo de “simplemente barrer”.
<<>> Elemental querido Watson. <<>> ¿cómo no se me había ocurrido? <<>> lo que no deja de ser obvio pese a tratarse de algo que pesa como mínimo tres kilos. <<>> es decir, bordillos; <<>> bonito nombre para lo que simplemente son esquinas; <<>> agujeritos donde están plantados los árboles; y como no, las aceras, el tramo más próximo de la calzada, los bajos de los coches, los carteles, la publicidad... ¡todo! <<>> me digo cuando estoy a punto de llorar. <<>> y me lo dice así, tan tranquilo, mientras yo me alejo tratando de dilucidar a qué se referirá con semejante expresión.
Llego al campo de batalla, <<>> pienso, hasta que descubro el infierno materializado. Dios no existe y el demonio se ha apoderado de la ciudad para torturarme. Zonas conflictivas: los arroyos, cubiertos de hojas hasta donde la vista alcanza, y donde no, porque parece un manto interminable, ¡¿cómo pueden circular los coches?!; los encuentros, ni los veo entre tanto matorral; los alcorques, ¡dios mío!, ¿dónde están los alcorques?; las aceras, ¡ah!, pero es que aquí había una acera... bonito descubrimiento; por no hablar de la carretera que ni se ve, los carteles que parecen ya empapelar las paredes, me pregunto que habrá debajo. Reflexiono. ¿A qué se refería exactamente con “lo gordo”?.
