Pijos
Lo de la estratificación social es una...digamos circunstancia, que más o menos me queda clara, a ver qué remedio. Conozco las castas hindúes, las diferencias raciales, las marxistas, ahora, lo que tengo totalmente dominado, es lo de la jerarquía urbana. Suena a tópico lo sé, a trasnochado, a superado, da casi vergüenza reconocerlo pero sí, existe gente rica y gente pobre, bien ya está dicho, si al final no es para tanto. Así, en lo más bajo, tenemos a los indigentes, con sus peculiaridades, sus actos ofensivos y defensivos, su tendencia a llevárselo por el morro, a molestar, a formar parte del paisaje gallardoniano. Por encima de ellos, los obreros y no en el sentido reivindicativo de la palabra, me refiero a los de la construcción, los que ensucian, guarrean, empantanan, vociferan...esas cosillas. ¿Y nosotros?. Pues no sabría ubicarnos. La mayoría, obreros incluidos, tiene la estúpida afición de situarnos en un punto intermedio entre la indigencia y el resto....sí, la mayoría suele ser gilipollas. Sin embargo, estamos más allá del bien y del mal, en un nivel superior, en una dimensión privilegiada...vale, que lo de recoger mierda no es para tanto ya lo sé, pero una tiene derecho a recrearse de vez en cuando. En fin, continúo. Metemos en el mismo saco a todos, camareros, jardineros, porteros, chicas de la hora....y arriba, arriba del todo, están ellos, los ricos, los envidiados, los consentidos, los pudientes, en pocas palabras, los pijos, una raza a parte. Y a estos ya, ¡no los soporto!.
Que sí, que ya sé que no se debe juzgar por la apariencia, ni por esa forma de hablar tan ridícula, ni por esa forma de vestir tan hortera, ni por ese look rebuscado, ni por ese calzado tan peculiar...¡basta!, no me queda otra que odiarlos.
Una se levanta a las cinco de la mañana, consciente de ser pobre, coge el primer metro, consciente de no tener coche, camina sola por Madrid a horas intempestivas, con un traje verde último grito antipasarela Cibeles, unos zapatos crea durezas, unos guantes de los chinos, un pelo que ni Llongueras en su mejor momento, la cara de sueño, de resignación, consciente sí, de ser pobre. Ahora, de esto a que a una se lo restrieguen a primera hora de la mañana, cuando el ojo aún genera legañas, los párpados están hinchados y el cuerpo se mueve por inercia, hay un trecho. Pues nada, a ellos les encanta molestar al personal a golpe de risita estrambótica de pastillero.
Los pijos son una especie de costumbres. Salen los viernes noche a una discoteca a la que van, y ahora viene lo mejor, ¡con chaqueta y corbata!. Vamos, voy yo así por mi barrio y me linchan. A la hora a la que yo salgo, a trabajar, vuelven ellos, de fiesta, haciendo el tonto por la calle, circunstancia demasiado habitual en esta especie, cantando, chillando, peleándose. En fin, lo normal. Lo malo es que hoy voy casi sin dormir, sin apenas poder caminar por las agujetas, con un guante roto, qué novedad, y en este estado precisamente, me cruzo con los graciosillos del barrio. Un coche con cuatro pijos en el interior, dos parejas para colmo, ¡que además se reproducen!...no quiero ni imaginármelo, se paran en el semáforo justo cuando me dispongo a pasar y, ¿qué hacen?, reírse a la que me señalan. En pocas palabras, el gilipollas. Yo hago caso omiso, soy un dechado de educación qué le voy a hacer y me voy a mi zona, algo irascible por el momento descojone pero tranquila, aparentemente tranquila.
Dos horas más tarde mamá pija con su pequeña pijita pasan por mi lado, y a la niña no se le ocurre más que decir que huelo mal. ¿Será que tengo un mecanismo atrapa tontos del culo?. Recurro al control mental. La ira no conduce a nada, a nada, nada. No, si voy a acabar dando clases de relajación.
Momento desayuno y para no romper con la tónica del día, una perturbada mental, pija ella también, explico por si cabía alguna duda, sale de la cafetería porque le “disgusta” desayunar conmigo. Pero qué..... La ignoro. Al salir, la veo sentada en un banco a la espera de mi marcha. Es el único banco así que, ni corta ni perezosa, decido que lo va a compartir conmigo....no es por picar, es que paso de estar de pie hasta que dé la hora. Indignada, empieza a chillar y de tanto grito sólo entiendo las palabras: boca, partir, cabeza, alguien; que desde luego no me suenan nada bien. Me mira con desprecio y escupe, ¡comunista de mierda!, y la pierdo de vista. Genial, retomo mi meditación: paisajes verdes, la playa desierta, el susurro de las olas al romper en la orilla...un pijo acaba de tirar un papel al suelo ante mí. Lo mato, un palazo y le abro la cabeza, ya, ya sé que suena violento, pero no aguanto más. Me tranquilizo. No merece la pena, no merece la pena, dentro de nada me hago telepredicador, como si lo viese. Lo miro. No, no, digo con contundencia, ni de coña vas a hacer eso delante de mí, en mi misma cara que lo hace el tío. Lo niega todo, que si no llevaba papel, que si él no ha sido, todo esto bocata en mano, que hay que ser...gilipollas. Vale, los papeles se forman en los árboles y el viento los desparrama por el suelo, ¿¡pero tú de qué vas!?. Mi paciencia empieza a agotarse. El chico se vuelve hacia mí, pero claro yo llevo mi bellota del 3, así que le entra el pánico y recoge el papel de la discordia. Que sea la última vez, grito y vuelvo a mi labor satisfecha, convencida de mi éxito. Minutos más tarde lo veo, dichoso papelito...ya sabía yo que lo volvería a tirar.
Que sí, que ya sé que no se debe juzgar por la apariencia, ni por esa forma de hablar tan ridícula, ni por esa forma de vestir tan hortera, ni por ese look rebuscado, ni por ese calzado tan peculiar...¡basta!, no me queda otra que odiarlos.
Una se levanta a las cinco de la mañana, consciente de ser pobre, coge el primer metro, consciente de no tener coche, camina sola por Madrid a horas intempestivas, con un traje verde último grito antipasarela Cibeles, unos zapatos crea durezas, unos guantes de los chinos, un pelo que ni Llongueras en su mejor momento, la cara de sueño, de resignación, consciente sí, de ser pobre. Ahora, de esto a que a una se lo restrieguen a primera hora de la mañana, cuando el ojo aún genera legañas, los párpados están hinchados y el cuerpo se mueve por inercia, hay un trecho. Pues nada, a ellos les encanta molestar al personal a golpe de risita estrambótica de pastillero.
Los pijos son una especie de costumbres. Salen los viernes noche a una discoteca a la que van, y ahora viene lo mejor, ¡con chaqueta y corbata!. Vamos, voy yo así por mi barrio y me linchan. A la hora a la que yo salgo, a trabajar, vuelven ellos, de fiesta, haciendo el tonto por la calle, circunstancia demasiado habitual en esta especie, cantando, chillando, peleándose. En fin, lo normal. Lo malo es que hoy voy casi sin dormir, sin apenas poder caminar por las agujetas, con un guante roto, qué novedad, y en este estado precisamente, me cruzo con los graciosillos del barrio. Un coche con cuatro pijos en el interior, dos parejas para colmo, ¡que además se reproducen!...no quiero ni imaginármelo, se paran en el semáforo justo cuando me dispongo a pasar y, ¿qué hacen?, reírse a la que me señalan. En pocas palabras, el gilipollas. Yo hago caso omiso, soy un dechado de educación qué le voy a hacer y me voy a mi zona, algo irascible por el momento descojone pero tranquila, aparentemente tranquila.
Dos horas más tarde mamá pija con su pequeña pijita pasan por mi lado, y a la niña no se le ocurre más que decir que huelo mal. ¿Será que tengo un mecanismo atrapa tontos del culo?. Recurro al control mental. La ira no conduce a nada, a nada, nada. No, si voy a acabar dando clases de relajación.
Momento desayuno y para no romper con la tónica del día, una perturbada mental, pija ella también, explico por si cabía alguna duda, sale de la cafetería porque le “disgusta” desayunar conmigo. Pero qué..... La ignoro. Al salir, la veo sentada en un banco a la espera de mi marcha. Es el único banco así que, ni corta ni perezosa, decido que lo va a compartir conmigo....no es por picar, es que paso de estar de pie hasta que dé la hora. Indignada, empieza a chillar y de tanto grito sólo entiendo las palabras: boca, partir, cabeza, alguien; que desde luego no me suenan nada bien. Me mira con desprecio y escupe, ¡comunista de mierda!, y la pierdo de vista. Genial, retomo mi meditación: paisajes verdes, la playa desierta, el susurro de las olas al romper en la orilla...un pijo acaba de tirar un papel al suelo ante mí. Lo mato, un palazo y le abro la cabeza, ya, ya sé que suena violento, pero no aguanto más. Me tranquilizo. No merece la pena, no merece la pena, dentro de nada me hago telepredicador, como si lo viese. Lo miro. No, no, digo con contundencia, ni de coña vas a hacer eso delante de mí, en mi misma cara que lo hace el tío. Lo niega todo, que si no llevaba papel, que si él no ha sido, todo esto bocata en mano, que hay que ser...gilipollas. Vale, los papeles se forman en los árboles y el viento los desparrama por el suelo, ¿¡pero tú de qué vas!?. Mi paciencia empieza a agotarse. El chico se vuelve hacia mí, pero claro yo llevo mi bellota del 3, así que le entra el pánico y recoge el papel de la discordia. Que sea la última vez, grito y vuelvo a mi labor satisfecha, convencida de mi éxito. Minutos más tarde lo veo, dichoso papelito...ya sabía yo que lo volvería a tirar.
