28.11.06

El Perfume

Como soy una chica imprescindible - ya empiezan a darse cuenta de mi valía - me han pedido, suplicado entre lágrimas que trabaje también a diario... Vale, me han hecho un contrato de ampliación, de esos de “sigues sin librar los fines de semana y sí, además vas a currar a diario”. No si la que nace cortita... Y yo voy y digo que sí, que no me importa no librar, que soy feliz sólo con ir al cantón un lunes como el resto del mundo, que me muero por ver cómo son las mañanas de la gente normal, todos esos que ¡dios!, ¡qué vergüenza!, tienen sí - no nos rasguemos las vestiduras - ¡fines de semana!... Siempre ha habido clases.
El caso es que, en principio, libro dos días entre semana. Que no, que no, que aquí no me dan un sábado ni aun con una enfermedad congénita que me impida coger la pala, ¡menudos son! Y no soy sólo yo la que ha picado, que somos diez cuando lo normal es no superar con mucho los cinco. Como tontas, aquí todas a pillar pasta.
Paso por mi calle - una de tantas - y ahí está el indigente loco lanzando gapos como un descosido. Acelero a la que me aproximo que no estoy yo para una lucha de babas a estas horas y... ¡¡¡uy!!!, ¡casi hace diana en el escudo del ayuntamiento! Hay que ver, qué poquito respeto. Un salto rápido, un giro de ruedas y a punto estoy de volcar pero me mantengo intacta, y lo miro desafiante en plan Clint Eastwood en sus mejores momentos, haciéndole saber que se la está jugando... Nada que pasa, pero mucho porque ahora me dedica uno de esos ruiditos repugnantes preludio de... dejémoslo, tengo suficiente con escucharlo. Me cruzo de acera, ésta está hecha por hoy, que el trozo del guarrete ni lo miro. Estoy frente a él. No me lo quito de encima ni queriendo. Calculo la distancia. ¿Cómo andará éste de pulmones... ? Pues igual, igual, cogiendo un pelín de aire, lo mismo hasta me alcanza el tío que con la suerte que tengo... No quiero correr riesgos así que me pego a la pared del edificio - tanto que apenas puedo mover el cepillo - y a lo mío. El arroyo eso sí, ahí que se va a quedar, que no estoy por jugarme la vida a lo loco. Miro de todas formas - deformación profesional - y entre cagadita de perro y pañuelo gripal veo un sin fin de moneditas esparcidas a diestro y siniestro. Me acerco aun a riesgo de perder mi integridad en el intento y sí, efectivamente, son monedas. Vale que no euros completos pero algo es algo. Que si un céntimo por aquí, una de diez por allá. ¿Serán del loco? Dudo por un instante. Lo miro y vuelvo a dudar. Decido observar antes de pasar a la acción y sigo barriendo eso sí, sin desplazarme en exceso no me vayan a jorobar el descubrimiento. Alguien se acerca a él, le echa unas monedas y se va. Mira, ha tenido suerte, o eso es lo que creo yo en mi ingenuidad, que el tío se pone de una leche que no veas y las lanza allí donde caen, con el resto. Me acerco discretamente, cepillo en mano por si las moscas, haciendo que voy a barrer algo de todo aquello que sin desinfectar, ni sería capaz de mirar pero en fin, he ahí que me doy cuenta de que por menos de un euro éste no da ni las gracias.
Bueno, bueno, y yo aquí dudando entre coger las sobras del indigente... soy lo peor. Cada vez, más cutre. Si lo que te digo, la indigencia a un paso. Cambio de calle no sea que se le ocurra abrirme la cabeza con una, que hay mucho incauto por ahí repartiendo calderilla.
Paso por una perfumería, de las pequeñas, recogidas… vamos de las pijas exclusivistas, de esas a las que ni me acerco no sea que la mezcla de fragancias - mis cubos, sus perfumes… un nuevo aroma a rancio calle - me haga aún más popular en el barrio.
El dependiente, dueño o lo que quiera que sea sale a saludarme. Que si qué tal, que si qué día tan feo, que si la navidad está a las puertas. Que digo yo, a las puertas ¿de qué?, porque a mí se me hace más de lo mismo. ¿Será que trabajo todas las fiestas? Claro que éste ni se lo imagina, tanto glamour le embota el cerebro. Hace un amago de retirada cuando, ¡Oh dios!, me dice que espere. ¿Qué va a ser esta vez? Sale con un frasquito en la mano. Chanel, leo con esfuerzo. Y pienso - en mi absoluta ingenuidad - < ¡¡¡¡ay, que me va a regalar un frasco!!! > A eso se refería con la Navidad. ¡¡Es Papá Nöel!! Como loca me pongo, que aquí los regalos no son muchos, pero si es cuando me dan el periódico y ya me emociono. Verás en casa cuando me vean entrar con, sí, un frasco de Chanel. Ya estoy más cerca de la Beckham, la Monroe de las calles… si es que donde hay estilo. Pero ¿¡qué hace!? Me acaba de pulverizar. < Un poquito por aquí, otro poquito por allá > dice así - en tono melódico, sin cortarse - a la que me acerca el spray a ambos lados del cuello. Y va y se larga, frasco en mano, que al perecer era de los de prueba… < ¡¡pero tú!!, ¡que es mío! > Como si nada así que allí me quedo, sin moneditas, sin perfume, y sí, como de costumbre, con una cara de… Nada, nunca aprenderé.