Mi Mundo
Ahora que, digamos mi vida social, ese entorno de amigos, conocidos y colegas, ese espacio de encuentros y desencuentros, de relaciones sociales y sentimentales, perdurables, pasajeras, irrepetibles...ha desaparecido, mi mundo, mi espacio vital, mis dominios, viene a ser mi lugar de acción, vamos, la zona en la que ejerzo mis funciones. Ese lugar digno de ser olvidado. He sustituido amigos por indigentes, conocidos por hombres anuncio, colegas por camareros. Mis encuentros se reducen a las mini charlas con los porteros, mis desencuentros a las mini disputas. He otorgado a las relaciones sociales un carácter tan amplio como mi rango de acción, una manzana, y a las sentimentales, el siempre dudoso halago de un piropo a medias ofensivo. Lo perdurable pronto se ha convertido en pasajero, y lo irrepetible....¡dios!, esto directamente ha muerto. En fin, qué le voy a hacer, soy como un ejecutivo superado por su carga laboral, mis callos lo demuestran...¡si es que así no se puede!.
No importa, me digo alentando mi ilusión ya ficticia, es cuestión de tiempo, aunque ya me estoy hartando de estos ánimos de mierda que me doy. Voy allí donde el deber me reclama, con mi súper bólido, ese carro de ruedas desinfladas, cubos rotos, cepillos desmochados, y un sin fin de cuerdas y gomas para asegurar la sujeción del resto de los aperos de faena, vamos un batman móvil adaptado...o algo así.
Por el momento, tengo controlados a los vagabundos, mendigos, habitantes callejeros, en fin, lo que hoy por hoy viene a conocerse por indigentes...¡guarro!, y arremeto contra unos de los ocupantes ocasionales de mi territorio. Él me mira indiferente después de haber tirado un papel, su papel del bocata, en una esquina, mi suelo impoluto que debería brillar, y no precisamente de pis reconcentrado. ¡Pero tronco, no me eches eso ahí!, y me pongo en plan macarra sin tener muy claro si ha comprendido el concepto de “eso” y “ahí”. Pone cara de circunstancia, parece que lo ha pillado. Si te lo he dejao en el montón ese, me dice refiriéndose a ese montón que acabo de recoger. Miro al suelo, lo miro a él, vuelvo a analizar el suelo...éste igual no sabe que una colilla no forma un montón. ¡Marrano!, exploto. Todo es parte de mi problema, se justifica, y claro ante eso, yo pongo gesto de atención y casi una mueca de disculpa a la espera de una dramática intervención por su parte, qué sé yo, una infancia difícil, un padre alcohólico, una madre prostituta, los duros comienzos de mangante en un Caprabo, una enfermedad incurable, la ingrata sociedad, ese tipo de cosillas vaya. Y el tío va y me suelta toda una disertación acerca de lo que él denomina “síndrome de la vaguitis crónica”. ¡Guarro!, contesto yo, a lo que él responde con una meadita en el árbol de al lado. Bien, creo que nos hemos hecho amiguitos. Pienso que total, es su casa, y el alcorque, cualquier alcorque, debe de ser algo parecido al urinario. Atravieso el tramo sin parpadear, conteniendo la respiración, que el primer pis mañanero no es lo más agradable, y paso de él.
Unas hojitas, unos montones, y vuelvo a ponerme de los nervios. Me giro, cepillo en mano y siento crujir toda esa zona lumbar que no sabía ni que existía. ¿Qué haces?, oigo. Esa voz..sí, efectivamente, ya somos amigos, coleguitas. El indigente, llamémosle Rafa, que igual le pregunto y ya cree que somos íntimos, se ha acercado a hablar conmigo. Pues mira, le explico, es que me aburro en mi casa, y he venido a hacer un poco el tonto por aquí. Ni me escucha. ¿Empiezas ahora la jornada?, vale no contesto, la obviedad me respalda. Yo acabo de terminar, y con estas palabras me deja loca, pero no, prefiero no preguntar, que lo mismo da, porque aquí el colega se aburre y no tiene más que darme la chapa un rato. Vengo de hacer la discoteca, lo que para cualquiera significa pedir, tan evidente que no sé por qué me molesto en explicarlo. A las seis o así viene a dormir un rato, hasta que llego yo y le jorobo la siesta con el ruidito del cepillo. ¡Qué vida tan perra!. Me pongo a barrer, que ya está bien de aguantar la charla. Acabo de enfrentarme a un rumano, y aquí sí que me descoloca. Cada día me encuentro a uno, prosigue como si me importase, y ya les he avisado, esta zona la hago yo tío, que uno tiene que ganarse el pan. Nada, si ahora va a ser que se gana la vida con el sudor de su frente. Me voy, dice, que aquí está la cosa aburridilla. Pienso entonces que se va en busca de alguien más ameno que la barreta de turno, yo, que le ve desaparecer con alivio.
Continúo con mi labor hasta que llego a una iglesia, punto que marca la hora del bocata. Aparco el carromato, o más bien lo tiro allí donde puedo, y me dirijo al bar de la esquina no sin antes echar un vistacito a la casa de dios, y a tanta pija retrógrada concentrada en sus puertas. ¡¿Un desayunito?!, oigo a mi espalda. ¡No!, otra vez no, ¡dios libérame de esta carga!. Mi ahora eterno amigo parece resurgir de sus cenizas, como no, a las puertas de la iglesia, ese gran lugar de perdón en el que se lavan los pecados a base de limosnitas. Lo ignoro que no tengo ganas de ser amable, y entro en la cafetería. Media hora más tarde salgo, dos euros más pobre, con el estómago a medias satisfecho y cara de resignación, y veo a mi amiguito meterse un bocata tamaño familiar entre pecho y espalda, con un litrito de vino y una sonrisa de oreja a oreja. Rezaré por ti, me dice una de las parroquianas, para que tengas salud. Observo la feliz indigencia del colega. No si yo, con un poco de dinero.....
No importa, me digo alentando mi ilusión ya ficticia, es cuestión de tiempo, aunque ya me estoy hartando de estos ánimos de mierda que me doy. Voy allí donde el deber me reclama, con mi súper bólido, ese carro de ruedas desinfladas, cubos rotos, cepillos desmochados, y un sin fin de cuerdas y gomas para asegurar la sujeción del resto de los aperos de faena, vamos un batman móvil adaptado...o algo así.
Por el momento, tengo controlados a los vagabundos, mendigos, habitantes callejeros, en fin, lo que hoy por hoy viene a conocerse por indigentes...¡guarro!, y arremeto contra unos de los ocupantes ocasionales de mi territorio. Él me mira indiferente después de haber tirado un papel, su papel del bocata, en una esquina, mi suelo impoluto que debería brillar, y no precisamente de pis reconcentrado. ¡Pero tronco, no me eches eso ahí!, y me pongo en plan macarra sin tener muy claro si ha comprendido el concepto de “eso” y “ahí”. Pone cara de circunstancia, parece que lo ha pillado. Si te lo he dejao en el montón ese, me dice refiriéndose a ese montón que acabo de recoger. Miro al suelo, lo miro a él, vuelvo a analizar el suelo...éste igual no sabe que una colilla no forma un montón. ¡Marrano!, exploto. Todo es parte de mi problema, se justifica, y claro ante eso, yo pongo gesto de atención y casi una mueca de disculpa a la espera de una dramática intervención por su parte, qué sé yo, una infancia difícil, un padre alcohólico, una madre prostituta, los duros comienzos de mangante en un Caprabo, una enfermedad incurable, la ingrata sociedad, ese tipo de cosillas vaya. Y el tío va y me suelta toda una disertación acerca de lo que él denomina “síndrome de la vaguitis crónica”. ¡Guarro!, contesto yo, a lo que él responde con una meadita en el árbol de al lado. Bien, creo que nos hemos hecho amiguitos. Pienso que total, es su casa, y el alcorque, cualquier alcorque, debe de ser algo parecido al urinario. Atravieso el tramo sin parpadear, conteniendo la respiración, que el primer pis mañanero no es lo más agradable, y paso de él.
Unas hojitas, unos montones, y vuelvo a ponerme de los nervios. Me giro, cepillo en mano y siento crujir toda esa zona lumbar que no sabía ni que existía. ¿Qué haces?, oigo. Esa voz..sí, efectivamente, ya somos amigos, coleguitas. El indigente, llamémosle Rafa, que igual le pregunto y ya cree que somos íntimos, se ha acercado a hablar conmigo. Pues mira, le explico, es que me aburro en mi casa, y he venido a hacer un poco el tonto por aquí. Ni me escucha. ¿Empiezas ahora la jornada?, vale no contesto, la obviedad me respalda. Yo acabo de terminar, y con estas palabras me deja loca, pero no, prefiero no preguntar, que lo mismo da, porque aquí el colega se aburre y no tiene más que darme la chapa un rato. Vengo de hacer la discoteca, lo que para cualquiera significa pedir, tan evidente que no sé por qué me molesto en explicarlo. A las seis o así viene a dormir un rato, hasta que llego yo y le jorobo la siesta con el ruidito del cepillo. ¡Qué vida tan perra!. Me pongo a barrer, que ya está bien de aguantar la charla. Acabo de enfrentarme a un rumano, y aquí sí que me descoloca. Cada día me encuentro a uno, prosigue como si me importase, y ya les he avisado, esta zona la hago yo tío, que uno tiene que ganarse el pan. Nada, si ahora va a ser que se gana la vida con el sudor de su frente. Me voy, dice, que aquí está la cosa aburridilla. Pienso entonces que se va en busca de alguien más ameno que la barreta de turno, yo, que le ve desaparecer con alivio.
Continúo con mi labor hasta que llego a una iglesia, punto que marca la hora del bocata. Aparco el carromato, o más bien lo tiro allí donde puedo, y me dirijo al bar de la esquina no sin antes echar un vistacito a la casa de dios, y a tanta pija retrógrada concentrada en sus puertas. ¡¿Un desayunito?!, oigo a mi espalda. ¡No!, otra vez no, ¡dios libérame de esta carga!. Mi ahora eterno amigo parece resurgir de sus cenizas, como no, a las puertas de la iglesia, ese gran lugar de perdón en el que se lavan los pecados a base de limosnitas. Lo ignoro que no tengo ganas de ser amable, y entro en la cafetería. Media hora más tarde salgo, dos euros más pobre, con el estómago a medias satisfecho y cara de resignación, y veo a mi amiguito meterse un bocata tamaño familiar entre pecho y espalda, con un litrito de vino y una sonrisa de oreja a oreja. Rezaré por ti, me dice una de las parroquianas, para que tengas salud. Observo la feliz indigencia del colega. No si yo, con un poco de dinero.....
