Envidiable Indigencia
Ya sé lo que quiero ser de mayor..de más mayor, el futuro me ha sido revelado y es de lo más rentable. Nada de agente de movilidad o bedel, todo eso pasó a la historia porque ahora, ¡¡quiero ser indigente!!. Ya sé que es algo peculiar, pero está decidido, es ahí donde está el negocio, no hay más que verlo. Así que, convencida de ello, me dedico a observar los movimientos de mis amiguitos, mis futuros colegas, mis futuros rivales.
Hoy de hecho, me encuentro con que varios de ellos han invadido mis dominios. Está el bajito con gafas, de apariencia común, una ligera cojera y una muleta que no suelta ni durmiendo. Me saluda, todos lo hacen supongo que sin esperanza de sacarse un sueldecito a mi costa...¡que voy de verde por favor!. Estoy barriendo como una loca, mierda de sábado noche, llevo recogidos desde botellas vacías a envases con ensalada por no hablar de...¿¡pero qué hace aquí la gente cuando sale!?. Me exalto, sigo barriendo con el sudor cayéndome ya por la frente, pelos de desquiciada, gesto de esfuerzo y un dolor de brazos que ni te cuento. ¿Qué tal?, me pregunta. Pues hombre, bastante peor que tú, pienso sin llegar a mirarle. Trabajo, trabajo, no puedo parar, no puedo parar, creo que empiezo a estar algo acelerada. Yo he acabado hoy muy tarde, continúa aunque le haya demostrado que sí, sé que está ahí y no, no me importa lo más mínimo. Pero él pasa. Me he ido a las tres a la discoteca. Otro que curra en la discoteca, amargados tienen que estar ya los porteros. No he dormido nada, y después de esto parece que se calla...pero no, la cosa va para rato. Fui ayer al mercado, me cuenta sí, como si le hubiese dado pie, yo, que no he parado de barrer desde que lo he visto. En fin que me suelta el rollo como si nada. "Una mujer va y me dice", él continúa a lo suyo, "mira el indigente cómo compra carne de la buena, y claro yo voy y contesto", esto lo dice con un aire entre ofendido y sobrado, "que si quiere pasta que se levante a las tres de la mañana y venga a hacer la discoteca como yo". Ahí está, dando el callo como un loco, vamos que cualquiera que le oiga igual piensa que se pasa la noche picando. Pero ahí lo tenemos, convencido de ganarse el pan con el sudor de su frente...¡¡y yo a base de pollo y jamón york!!. Que no me exalto, que no me exalto, si ya lo digo yo, que no me conviene hablar con esta gente que me hace parecer...sí, gilipollas.
Tuerzo una esquina para hacer otra calle y allí, justo al lado del semáforo me encuentro con uno que vende pañuelos a la que pide. Éste debe de estar deslomado, ¡dos trabajos a la vez!, el cómo se mantendrá en pie sólo él lo sabe. Me sonríe, pura rutina, y va a saludarme cuando una de las autóctonas, pija de mediana edad, esquelética y con una faja vulcan por encima de la ropa, esto ni lo comento, pasa por nuestro lado. Yo sigo con mi súper cepillo sacando brillo a la acera, escuchando de fondo al tío trabajarse a la colega que lo mira resignada, riéndome discretamente de escena tan ridícula, que ésta no le da un céntimo. Un minuto más tarde, ¿qué digo?, apenas medio, levanto la cabeza y ¿¡¡qué veo!!?, a la mujer vulcan con cincuenta eurazos en la mano. Te lo voy a dar sólo esta vez, pero ya no me pidas más, y se lo dice así, tan contenta, tan convencida, y pensará que ha hecho la buena obra del día. Estas pijas me pueden. Cincuenta euros en medio minuto. Lo que te digo que dejo la limpieza pública, ser indigente es un filón...poco se les ocurre dármelo a mí, ¡eh!, ¡que yo estoy más necesitada que éste!. Ella se va, él me sonríe, y yo me quedo muerta, cepillo en mano, ya ni la bellota me consuela. Cincuenta euros en medio minuto, un trauma, un trauma.
Continúo con mi labor, algo menos dispuesta, algo menos decidida y mucho, pero que mucho menos enérgica. A media mañana me cruzo con mi amiguito Rafa, el guarro de la vaguitis crónica. Lo que me faltaba. Me cuenta lo poco que duerme, lo poco que se queja, lo poco que come...y yo sólo pienso en lo mucho que gana, que como todo sea así, en un día se saca lo que yo en tres meses, por decir algo. Tanta denuncia me mata así que, ingenua de mí le digo que trabaje. ¿Para qué?, me pregunta. Yo vacilo, que no es una cuestión de respuesta fácil. Si gano más que tú, sentencia. Nada, si va a ser que soy gilipollas de verdad. Esto es lo último, no puedo más, tiro el cepillo y me replanteo mi vida, a este paso acabo de hippy en Ibiza vendiendo collares de conchas. Me voy que me siento desplazada...si es que voy a ser la más pardilla.
Llega el final y ya estoy cerrando las últimas bolsas de mierda, sí de esos que tanto ganan. Acabo de ver al loco del idioma raro sacando de un cajero y ¡no aguanto más!. Entonces se me acerca uno, a éste no le había visto nunca, y me pregunta si me he encontrado galletas de perro por ahí. Y yo qué sé, pienso. No, me da que no. Es que me he comido una, sí, como si me importase, y creo que era de perro, salada, algo tosca, difícil de tragar...Anda que no controla el tío. Es que son diferentes, explica. Alucino. No, no, yo no quiero ser como aquí el come galletas...antes me barro la Comunidad de Madrid yo solita.
